2009-10-30

Un día casi trágico



Entrada la noche, era un ritual compactar enormes pelotas con papel de teletipos, y jugar picaditos en la redacción, mientras alguno de "los enterradores de siempre" tecleaba las últimas palabras de una nota "importantísima" (jajaja), sin la cual no podía salir al día siguiente el diario.

Pero un día, todo pareció perdido. El gerente de Personal, Marchese, reveló en una reunión de Directorio, donde estaba el flamante dueño del diario, Eduardo Eurnekian: "Ustedes saben? Descubrí que en la redacción se juega a la pelota". Luego de la frase, hubo un silencio sepulcral.

Los asistentes, todos colorados. Nadie sabía qué decir. Hasta que la voz risueña de Juan Carlos de Pablo rompió el silencio: "Jajaja! ¿Recien te apiolaste? Porque yo también juego". Todo el mundo rió, y así siguieron los picaditos por mucho tiempo.

Alejandro Matvejczuk
Alejandro Matvejczuk trabajó en El Cronista Comercial en distintas etapas. Desde 1979 a 1980, en Mercados. Luego, entre 1980 y 1984 haciendo suplencias en vacaciones en Economia y de 1986 a 1990, en Finanzas. Más sobre los tradicionales "picaditos" en el recuerdo de Alejandro Rodríguez Diez.

2009-09-26

Qué tiempos aquellos!

A la derecha, Daniel Sticco en la redacción de El Cronista de
la década del ochenta y víctima de las bolas de papel. Haga
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Fue mi primera experiencia como periodista, dado que venía, sin dejarla, de una consultora: Tendencias Económicas, en la que ejercía la actividad de consultor de empresas y analista de la coyuntura, con claro énfasis en la economía real y, en menor medida, los mercados financieros. Mi ingreso a El Cronista Comercial en diciembre de 1984 surgió por la búsqueda de Juan Carlos de Pablo de un seguidor de la city financiera y que tuviera capacidad para interpretar las circulares y el balance del Banco Central. ¡Esa era mi tarea!. “Un par de horas, pibe, hacés mercados, esperás las circulares y te vas”, palabras más, palabras menos, me había dicho “el economista más grande de la Argentina”, no sé si apareció alguien más alto y con el peso de él.

Confieso que el shock inicial fue muy grande!, como bien recuerda el Negro Clauso, en esos tiempos más que una redacción era ir al “Club de los 80”. ¡¡Qué picadas!! y ¡¡cabeza a cabeza!! que se armaba cuando los jefes iban a otro piso, no recuerdo si era el tercero, porque de eso no me ocupaba, a la reunión de cierre. Nada que ver con el ambiente formal y la rutina de una consultora económica que era todo lo que llevaba en mis alforjas. Tan era así, que en mi metodicidad -siempre llegaba a las 18.30, aunque lloviera, con parte de la nota de mercados preparada en la consultora-, y previo paso los jueves por la casa de video para alquilar tres o cuatro películas hasta el domingo para mis tres hijos (nunca una porno, o de alto vuelo, todo para los “piojitos” me decía repetidamente Daniel Della Costa), que un día alguien se había quedado haciendo de campana en una de las ventanas que daban a la calle Alsina para dar la señal de mi llegada, calcular el cierre de la puerta del ascensor y, al abrir la puerta de la redacción disparar toda la munición de bolas de papel contra mi humanidad, como lo refleja con nitidez la foto que con celo guarda el Negro y del cual conservo también con gran cariño una copia.




Eran los tiempos en los que ya se trabajaba con unas máquinas que no disponían de autograbación y sólo se podía avisar a los correctores que tomaran la nota cuando estaba lista. El problema era que si caía un pelotazo sobre una de las teclas en el medio de la escritura ¡alpiste!, perdías todo. ¡Qué bronca! Pero era parte de la bohemia con la que se trabaja y por tanto no valía enojarse.

Ese clima distendido, tan contrario a la formalidad de la consultora, me fue atrapando y, como economista de profesión, rápidamente pasé de hacer los mercados financieros y Banco Central, a hacer entrevistas, escribir sobre comercio exterior, el PBI, la inflación, etc., etc. Rápidamente, mis dos horas iniciales se transformaron en la norma del periodista: saber cuándo se entra al laburo pero no cuando se va!

Y así fue como empecé a adquirir algunas habilidades de cronista. Pero seis meses habían sido muy pocos para que aprendiera a “vender” una noticia bomba, la cual advertí como tal “el día siguiente”, al ver una de las tapas que se transformaron en un hito para Ámbito: El plan Austral…
Ese día una fuente altamente confiable para mí del entonces Banco de Crédito Rural me llamó a la consultora y me dijo: “Pasá por la puerta del banco, a las seis, tengo algo muy fuerte, mañana va a ser la tapa del diario, te espero abajo”. Se trataba nada más y nada menos de ese plan con el que Alfonsín y Sourrouille intentaron quebrar la inercia de mega inflación, con la aplicación de una tabla de desagio, el cambio del signo monetario con la eliminación de ceros, etc., etc., etc. Claro, tan descabellada y hermética era la iniciativa que los jefes y De Pablo no se atrevieron a darle crédito, seguramente porque no había logrado el grado de detalle que después se vio tenía la competencia, y sólo atinaron a hacer una mención irónica en tapa y una nota secundaria en alguna de las páginas financieras.




No me digusté, ni bajé los brazos, seguí adelante, y cada vez dedicándole más horas a la redacción, sin abandonar la consultora, hasta que el 14 de octubre de 1987 dije: "¡Basta!" Ese día, el presidente del Banco Central, José Luis Machinea y uno de sus directores, Mario Vicens, no tuvieron mejor ocurrencia que anunciar a las diez de la noche que convocaban a una reunión de prensa a la medianoche con editores de finanzas y economía para explicar los lineamientos del Plan Primavera!, volvía a casa a las tres de la matina y al día siguiente me tenía que levantar a las 7 para llevar a los chicos al cole y seguir para la consultora… Entonces, reflexioné y me di cuenta que no sólo había dejado a mi señora colgada en el día de su cumpleaños por indescifrables circulares del Banco Central, sino también el crecimiento de mis hijos, simplemente por tener “capacidad de ahorro”.




Pero ya el “bicho del periodista” había prendido y fue así que en 1998 el Negro Clauso me llamó para cubrir la vacante que dejaba el otro Negro, Rosales, al frente de Economía del BAE. Desde entonces dejé la consultora y me aboqué a full a esta profesión, aunque siempre dominado por los números de la economía y las finanzas. Ahora estoy en el portal de Infobae y desde hace ocho años acompaño a otro ex Cronista, Claudio Chiaruttini, en 'Sin Saco y Sin Corbata', los domingos de 10 a 13, por Radio América.

Daniel Sticco
Como dice en su recuerdo, Daniel Sticco trabajó en El Cronista Comercial entre diciembre de 1984 hasta octubre de 1987. Actualmente escribe en Infobae y participa en el programa radial Sin Saco y Sin Corbata.


2009-09-21

Los seminarios



A inicios de 2004 ingresé al por entonces Grupo Recoletos con el objetivo de desarrollar una nueva unidad de negocios dirgida a la producción de seminarios corporativos. Por un lado, trataríamos de convertir acciones de marketing de El Cronista y las revistas en eventos con sponsors. Y, por otro, queríamos desarrollar una nueva línea de producto con eventos más chicos con temarios enfocados en problemáticas de áreas funcionales, invitando a académicos, analistas, consultores y funcionarios de empresas de prímera línea.

Fue una época muy linda profesionalmente, donde tuve la suerte de conocer y trabajar junto a un grupo de profesionales de primera como José Del Río, Hernán De Goñi, Bruno Massare y Jorge Sosa, por mencionar solo algunos del lado periodístico de la empresa. La incipiente unidad se llamó Recoletos Conferencias y rápidamente emergió como un negocio rentable que en 12 meses llegó a facturar más que las revistas Apertura e Information Technology.

El trabajo en Recoletos Conferencias era febril – hicimos 32 seminarios en el primer año – y trabajamos largas horas en la preparación de contenidos y la logística de cada evento. Hubo momentos muy destacados, como el Seminario sobre el cierre de la negociación de la Deuda junto al ministro Lavagna, el secretario Nielsen, sus colaboradores y los bancos participantes.

También convertimos en un evento de magnitud al Premio al CIO del Año de Information Technology, que hoy sigue vigente, con reconocimiento de los CIOs y de los sponsors de la industria de IT. Realizamos el Primer Premio a la Responsabilidad Social Empresaria de la mano del World Economic Forum y las empresas argentinas que son miembros de esta prestigiosa institución; así como el premio al Ejecutivo del Año con el asesoramiento del headhunter Heidrick & Strugles.

Y mucho más….. que no hubiera sido posible sin el trabajo en equipo con gente del area comercial del diario y las revistas (Carlos Mallo Leiva, Sebastián Pereyra, Silvia Ramos Mejía), del area de Finanzas (Francisco Leonardo), en Marketing (Sebastián de Elizalde) y por supuesto con muchísimos periodistas y colaboradores que aportaron ideas y críticas para que podamos ir mejorando día a día.

Destaco de ese período (2004-2005) el desarrollo de nuevos productos editoriales y de la consolidación de un equipo de jóvenes y muy profesionales periodistas que armó un diario objetivo con información de calidad y opiniones fundadas en datos.


Les mando a todos un gran saludo y seguimos en contacto.

Carlos María Meira
Carlos Meira fue gerente de Recoletos Conferencias entre mayo de 2004 y noviembre de 2005,
actualmente es director de la Unidad de Negocios Information Worker para Argentina y Uruguay de Microsoft

2009-09-08

Con corrección


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Despedida de Marianela Casanova, en la madrugada del viernes 21 de agosto de 2009, en el restaurant Plaza España, de la Avenida de Mayo.


En mis primeras líneas ya me llegan las voces, que dicen: “Atrapar al lector, ser conciso, no repetir innecesariamente palabras, no dar todo por sabido pero tampoco tratar de tonto al lector, no-cometer-errores-ortográficos”, porque soy correctora; porque de eso (entre otras cosas) se trataba el trabajo que hacía en la Redacción.

Pero aquí vamos, viendo qué recuerdos tengo para agregar a este gran blog.

La única pasión que sentía al salir del secundario era la mitología griega, pero qué hacer con eso… profesora no quería ser ni investigadora tampoco… Lo más relacionado que encontré en mi confusa mente adolescente con ese mundo de letras y la “rentabilidad” fue el periodismo, cuya carrera estudié durante un año en TEA y en la UBA al mismo tiempo (sí, compañeros, sépanlo), pero dejé porque no me gustaba para nada eso de andar pidiendo notas, molestando a la gente para que conteste cosas que no quiere contestar y escribir “bien” sobre algo que te parece “mal” (ok, también dejé porque me “bocharon” en una materia y me querían hacer cursar todas las materias aprobadas de nuevo, claro, con un bonito descuento). Así que me alejé de todo lo que tuviera que ver con periodistas.

Qué hacer. Para dónde ir. Vino una luz del más allá y dije: “No importa, yo quiero ser feliz, trabajaré de cualquier cosa menos de lo que me apasiona pero voy a estudiar lo que me hace feliz”. Pero seguía siendo chica, y no me animaba a Letras, necesita un objetivo más cercano. En El Salvador (Dios, ¿a alguien le importa mi vida estudiantil? es que es la intro para contar cómo llegué al diario! Escuchen! Yo me banqué cada nota de ustedes…!), no, perdón, digo “Universidad del Salvador” (debe ser un fallido por las ganas que tengo de viajar, y esto un desvarío porque cuando escribo me voy para los “fluires de conciencia” y mis letras forman una sopa mental)... había una carrera que tenía muchas materias de Letras y era de dos años (mentira, duraba tres, pero la “vendían” como de dos). Se llamaba Corrector Literario, y la idea me entusiasmó.

La terminé y seguí con Letras, la terminé y seguí con el Profesorado de Lengua y Literatura, lo terminé y un día recibí un llamado, por el cual conseguí mi primer trabajo como correctora. No lo podía creer, parecía ser que existía un mundo en el que los correctores no eran fantasmas, era real. Además, allí me empecé a formar como editora de contenidos. Pero un día me echaron, “reducción de presupuesto”. Listo, el sueño había acabado. Me quedé tirada en el sillón de un monoambiente cuyas paredes me aplastaban, pero pronto volvió la luz, y con ella truenos y relámpagos: el mundo editorial me abría sus puertas de par en par. Trabajaba part-time en una editorial de turismo y el resto en casa, de manera free-lance, principalmente para una Editorial de libros digitales, de donde me fueron mandando muchos y más “clientes”. Hice un posgrado de especialización en Gestión de la Producción editorial, finalmente había encontrado mi verdadera vocación. De vez en cuando iba a entrevistas a las que me convocaban, porque yo me presentaba para ver qué ofrecían, pero nada me convencía en términos profesionales y económicos. Hasta que un día (¿no lo dije varias veces así ya?), sonó el teléfono con la voz de Gustavo Aldana.

Yo no me había presentado, ni conocía mucho el diario. Pero fui. Y ese día fue especial. Entré y le cantaban el feliz cumpleaños a alguien (¿quién sería?, era diciembre de 2007), estaba lleno de monitores planos y televisores, todo parecía muy moderno, muy cómodo. Me contaron un poco de la historia actual del diario, cosa de accionistas y demás. El horario era difícil, pero el desafío me encantaba, me seducía. Una, dos, tres entrevistas… estaba todo listo para entrar… volví de vacaciones y finalmente entré.
Y bueno… sí, la verdad es que no es para cualquiera, sobre todo si sos mujer, no llegás a los 30 años de vida y te sentás al lado de los gráficos que hace 30 años que están allí sentados y apuestan a ver cuánto durás. Pero varios perdieron la apuesta, los mismos que terminaron preocupándose por mí siempre (y bromeando cada unas de mis noches allí, ¡por supuesto!).

Placer, adrenalina, acción, risas, carcajadas, alboroto, discursos en TV con “dilate”, discusiones, voces que apuran, olor a cigarrillo, café, preguntas, dudas, decisiones rápidas, páginas, manos manchadas de tinta, el grito al pedido de silencio de la traductoras, el partido de fútbol otra vez, la nota levantada, el tema de la página X repetido en la Z y menos mal que nos dimos cuenta, quejas por una prueba muy “manchada”, pedidos de auxilio y “vamos chicos, vamos”, con la voz de un hermoso Rubén desesperado por mandar la tapa a imprenta. Los últimos textos de la tapa (la única parte del diario junto con la contratapa que yo corregía completa) y los cada vez más rápidos latidos del corazón: “Esto lo leen mañana miles de personas, en todo el país, y en otros también”, me repito, y la jugada de correctora (léase “la culpa mañana sino”) “la tenés vos”. Y mi labor la juzgarán mis jefes y compañeros, pero creo que no lo hice mal.

Es mentira que todos los periodistas son arrogantes, yo conocí muchos humildes en El Cronista, sobre todo los más importantes. Es mentira que odian a los correctores, yo sé que me valoraron siempre y muchos me quieren. Es mentira que no quieren que les cambien una coma, yo les corregí muchas y me lo agradecieron. Es mentira que un diario puede ser publicado sin tener un corrector (humano); mis ex compañeros de El Cronista lo saben, lo dicen.

Es verdad que los periodistas trabajan desde que se levantan hasta que se acuestan. Es verdad que tienen un don, que es palabra. Es verdad que no tienen miedo.
También es verdad que voy a extrañar esa Redacción, que me hizo reflexionar sobre que uno debe hacer lo que realmente ama, más allá del esfuerzo, más allá de todo, porque es lo que nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos y conseguir logros inesperados, como lo fue para mí haber sido correctora de uno de los diarios más importantes del país y compañera de verdaderos profesionales de la edición, como vos.

Marianela Casanova
Marianela Casanova fue correctora de El Cronista Comercial entre enero de 2008 y agosto de 2009

2009-08-23

Los 'nuevos' y los 'viejos'




Estimados amigos y colegas, es una alegría saber que los ex Cronistas tenemos un medio para no perdernos. Lamentablemente el año pasado no pude ir a la fiesta, pero por suerte ahora sé de esta página donde veo tantos y tan buenos amigos y lamento algunas pérdidas, como la de Alberto Farina, que era uno de los redactores estrellas de la Sección Espectáculos de la que yo era Secretario de Redacción.

También vi un mensaje sobre el gran Villita, mi primer coequiper cuando ingresé a El Cronista, en 1987. Comencé como jefe de Cierre y Villa era ahí el puntal fundamental. Como algunos recordarán, en esos años se generaron dos bandos, los viejos (donde se encolumnaban el negro Clauso, Scibona, Nucíforo, Villa, Alemián, Sikirko, Della Costa, Calello, Cacho Falomir, el sordo, Quique, etc) y los nuevos (que éramos nosotros: Norberto Beladrich, Wanmerdam, Carmen Piaggio, luego Montefusco -que ahora es parte del inventario de EC-, el amigo Hugo Moujan, las queridas Silvia Hopenhayn y Elena Moreira, y otros).

Todo esto pasaba en el viejo edificio de Alsina. Un año más tarde hubo otros nuevos, luego otros... con lo cual los nuevos empezaron a ser más o menos viejos... en fin.... Una experiencia fantástica, con profesionales de primera. Creo que cuando superamos la dicotomía empezamos a ser un equipo profesional que hizo su trabajo y muy bien.

Desde aquí un recuerdo especial para Alberto Farina; tengo en mi memoria sus anécdotas risibles sobre el cine, su enciclopédica información, su sentido del humor... No fuimos amigos, fuimos grandes y leales compañeros de redacción.

Otro día recordaré algunas anécdotas de las tantas que allí se generaron. Un abrazo a todos.

Nerio Tello
Nerio Tello trabajó en El Cronista entre 1987 y 1993

2009-07-30

El 'Diez' en la redacción




Tengo tantos recuerdos de El Cronista, algunos son incontables, pero me gustaría compartir cuando Maradona _en aquellas épocas de Eurnekian, Sección Espectáculos, Honduras, Café de los Gallegos_ pasó por la redacción una mañana.

Yo estaba sentadita en mi computadora, escuchando música con los walkman (para los que no lo recuerdan: aquel aparato pesado que fue reemplazado por los mini Mp3 Mp4). En fin, tenía los auriculares y el aparato apoyado detrás del teclado. Cuando ví que venía el Diez, sonreí y lo saludé con la mirada. Al verme, se acercó para darme un beso con una sonrisa de oreja a oreja.


Por supuesto, me levanté para recibir semejante beso y el cable del walkman quedó enganchado en el teclado, y todo se fue al piso, teclado, aparato, los auriculares torcidos en mi cara enganchados de una oreja... Y bue, el 10 estaba muerto de la risa, el beso quedó grabado en mi cara, y el papelón hizo eco en toda la redacción, los pocos que estábamos a esa hora.


Faltaba Alberto Farina, con su "Seguridaaaaad, Seguridaaaad..." porque todavía no había llegado. Parte de mi corazón está en aquella redacción. El Cronista es único, y El Cronista son ustedes, los jugadores.


María Gabriela Barro Gil fue correctora de El Cronista Comercial desde 1988 hasta 2005, ahora es propietaria del bar Café De la Cárcova. Es parte de toda una familia que trabajó en el diario: el primero, Héctor, al que le siguió su mujer, Beba, y la hermana de Gabriela, María Cecilia (Sisí) Barro Gil.

2009-07-21

Homenaje a Alberto Farina


Foto de El Cronista Comercial tomada por Alberto García en 1997

El 20 de julio de 2009 falleció a los 53 años Alberto Farina, recordado y querido ex periodista de El Cronista Comercial. Calificado por Hugo Grimaldi como "un bohemio con todas las letras", trabajó en la sección Espectáculos durante el periodo en que el diario fue generalista, durante la gestión de Eduardo Eurnekian. Farina fue periodista, escritor y crítico, historiador y creador cinematográfico. En los últimos tiempos había colaborado en la revista Ñ y trabajaba en programas de radio El Mundo y FM Identidad. Publicamos a continuación el recuerdo cariñoso de tres amigos y compañeros de él en El Cronista, José Totah, Alejandra Rodríguez Ballester y Lorena Grojsman.

El hombre que nunca me tuteó



Me acuerdo que el año pasado, cuando todos los ex cronistas se juntaron a celebrar los 100 años del diario, le pregunté a Alberto Farina si iba a ir a la fiesta. Me miró con esa cara que ponía para expresar que algo le parecía bizarro o un poquito decadente y ambos coincidimos en que todo el asunto del reencuentro nos resultaba demasiado melancólico. Decidimos no ir y nos sentimos orgullosos como dos adolescentes rebeldes que se niegan a ir a la casa de sus padres.



Cuando pienso en Farina me acuerdo lo mucho que le fascinaba lo bizarro, las películas clase Z con monstruos inverosímiles y la sangre morada de cotillón. Al igual que en esos films de presupuesto cero, Alberto tenía predilección por los personajes bizarros, las criaturas de la noche, el límite finísimo entre lo marginal y lo peligroso.



Hoy pienso que le encantaba adoptar gente y me gusta creer que me adoptó a mí también, que yo también era uno de sus personajes.

A Alberto yo nunca lo llamaba Alberto. Le decía Farina y jamás lo tuteé. Podíamos insultarnos cuando jugábamos al fútbol o abrazarnos después de hacer una jugada de gol, pero nunca nos tuteamos. “Usted es un pelotudo, Farina”, le podía gritar, pero siempre lo trataba de “usted”.

Quizá suene un poco absurdo, pero una de las grandes “obras” de Farina fue haber sido el arquitecto del fútbol de los sábados. Nos juntábamos –y nos seguimos juntando desde hace más de 10 años- siempre a las 4 de la tarde en las canchitas de fútbol cinco de Atlanta. En esa hora de fútbol, Farina se quedaba siempre parado, de “pescador”, esperando para clavarla en el arco.

Hay que decir la verdad: era un poco irritante su forma de jugar, pero cuando Alberto hacía un gol lo gritaba con tanta pasión que uno le perdonaba todo.
Farina era la esencia del fútbol del fin de semana. Va a ser difícil jugar este sábado, sabiendo que ya no va a venir más a Atlanta. Hace unos meses, cuando todavía luchaba contra la enfermedad, nos dijo “háganme un partido homenaje”. Porque, pese a todo, Alberto nunca perdió el humor.

Ayer recibí un mensaje de texto a las 11.25 de la mañana. Decía “se nos fue Farina”. Me vinieron a la cabeza mil recuerdos, como la vez que casi nos agarramos a trompadas porque él me dijo, en uno de sus días de malhumor, que yo “no me jugaba por nada”. Creo que a partir de ese día empecé a jugarme un poco más por las cosas que quiero. Fue una de sus enseñanzas.

Ayer lo volví a ver corriendo -o caminando- por el lateral de la canchita. Y me ví abrazándolo una vez más, después de un gol que hicimos juntos y que todavía recuerdo con claridad. Fue muy importante conocerte. Me dejás muchas cosas. Gracias.

Te voy a extrañar, Alberto.

Jose
José Totah trabajó en El Cronista Comercial entre 1994 y 2005 en las secciones de Informacion General, Sociedad, Management y Negocios

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