2009-04-20

Un sueño apasionado



En un bar detenido en el tiempo que se resiste a las veleidades y a las ofertas millonarias de compra de los mandamases de Palermo Fashion, en un Olimpo de olvidados que queda justo en la esquina de Bonpland y Honduras, y que todavía regentean españoles de buena leche y amigos entrañables, funcionaba la segunda redacción de El Cronista.

Sobre esas mesas porteñas, donde un especial de crudo y queso todavía es una obra de arte, los muchachos de la redacción nos encontrábamos para contarnos anécdotas impublicables, conspirar contra los adversarios y añorar lo que nunca habíamos vivido.

Era un diario extraño, que en pleno apogeo menemista, intentaba dejar de ser lo que mejor había sido y ahora por suerte es: un matutino económico de calidad. Allí conocí a Mario Diament, a Néstor Scibona, a Orlando Barone y a Jorge Castro. Fui jefe de Nancy Pazos, Fernando González, Jorge Sigal y Beto Casella. Y compañero de Silvia Hopenhayn, Alejandra Dahia, Antonio Birabent, Alberto Valdez, Martín Dinatale y Luis Laugé. Y me hice amigo de personajes inconvenientes y políticamente incorrectos que por prudencia propia y ajena prefiero no mencionar. Conocí en esa cuadra a algunos de los mejores y peores periodistas de la Argentina, y me tomé copas con algunos alcohólicos no tan anónimos que eran la aristocracia del periodismo más noble. También a un gran ilustrador que luego devino en el rey del cine independiente: el legendario Raúl Perrone. Y a un muchachito nuevo que intentaba vanamente hacer buenos chistes gráficos: Nik.

Eduardo Eurnekian, que los había cobijado a todos, me presentó un día a David Ratto, su musa personal. Fue David quien me enseñó una ley elemental: el periodismo se hace con calentura. Ratto leía muchas notas y se preguntaba en la intimidad: “Estos redactores, ¿estarán vivos?” Pensaba que, por el tono aséptico y burocratizado de muchas notas de los diarios argentinos, ciertos redactores habían expirado o estaban mortalmente aburridos. Es verdad: un editor debe insuflarle entusiasmo desenfrenado a los redactores y luego revisar el material que traen con frialdad de cirujano. Serás un apasionado o no serás nada, me decía Ratto. Y daban ganas de salir y comerse el mundo.
Esa redacción era, en 1991, pionera en muchas cosas: en el uso de la informática, en la convergencia, en la organización multimediática y en la decisión de ser “un edificio libre de humo”. Siempre recuerdo a Eurnekian persiguiendo a los gritos por una escalera a un editor que fumaba a las escondidas.
También recuerdo que un redactor venía al trabajo en su Mercedes Benz, mientras yo lo hacía en el 93 diferencial. Todas las noches me llevaba hasta mi casa Alfredo Leuco, con quien nos convertimos en hermanos. Una noche de aquellas me preguntó cuál era mi sueño. Y yo le dije: “Morir en un diario”. Leuco bromeó: “A mí me gustaría morir en un diario…que fuera mío”. Morir en un diario, ése era el sueño apasionado que yo soñaba en la redacción de El Cronista.

Jorge Fernández Díaz

1 comentario:

Pedro dijo...

Excelente hallazgo. Lograr este relato nostálgico tan bien elaborado de uno de los escritores y periodistas mas leídos de la actualidad es un gran mérito. Felicitaciones. Roberto Mercado.