2009-06-08

La hora de la partida












A la izquierda, caricatura de Carlos Menem y Raúl Alfonsín hecha por Raúl Perrone en 1998

A la derecha, foto de Raúl Perrone, 1998



El dibujo fue algo por lo que siempre luché en mi vida. Empecé a dibujar a los 5 años y en forma autodidacta, nunca pude estudiar. Mi meta era dibujar en un diario, pero era muy difícil: o tenía que nacer un diario nuevo o tenía que morir alguien para que un pibe pudiera entrar. Y la primera oportunidad la tuve en El Cronista Comercial.



Trabajaba en la Universidad de Morón e iba a todos lados con una carpeta enorme con mis dibujos, los vio Ricardo Frascara y durante mucho tiempo trabajé gratis, pero hasta cumplía horario. Me levantaba a las 5 de la mañana, entraba a las 6:30 en la universidad, me iba a las 14 y en el diario me quedaba hasta las 18 o 19.
Al final empezaron a darme unos manguitos... porque hice como 100 caricaturas para el anuario, todos me pedían una, y finalmente quedé. Luego trabajé en ‘Siete Días’ y, cuando nació el proyecto de ‘Tiempo Argentino’, me llamaron. Cuando cerró, Burzaco fue a El Cronista, me llamó y volví a entrar.



Me quedé hasta 2002, cuando decidí irme, porque me aterraba la idea de jubilarme como dibujante —no me preocupé, me ocupé—, y porque no estaba de acuerdo con la gente que lo había comprado.


Paralelamente me había volcado a mis ganas de hacer cine, un proceso inverso que hice al del dibujo. Yo había hecho cortos en Súper 8 a los 16 o 17 años, siempre también en forma autodidacta, pero en esa época no existía ni el 1% de los recursos que hay ahora. Por ejemplo, mandaba a revelar a Europa y tenía que esperar como cinco meses, algo que para un tipo como yo era terrible. Hice muchos cortos, pero me di cuenta, en esa época, de que yo quería trabajar como dibujante.
Cuando empezó este asunto de Internet y el VHS, me picó de nuevo el bichito y vislumbré eso, que no quería jubilarme en el diario como dibujante, veía a gente jubilándose, jubilándose... Ser caricaturista en un diario había sido mi sueño, pero fue muy fuerte lo que me empezó a pasar como cineasta.
Y sentí que el diario había perdido ya esa mística, y yo había perdido el entusiasmo que tenía cuando era pibe, un pibe que dibujaba como bestia en el diario y seguía dibujando en casa. Llegué a hacer ocho libros de dibujo, exposiciones, es increíble todo lo que pude hacer en tan corto tiempo.


Hubo épocas maravillosas, disfruté mucho trabajando con Jorge Fernández Díaz, por ejemplo.
Yo era un tipo que podía llegar a las 17 e irme a las 18:30, pero llegaba a las 13, tenía muchas ganas de ir, charlar con Jorge en el bar, proponer dibujos. Había mística —una palabra que a mí me encanta porque me parece maravillosa—: charlábamos, hablábamos de cine, éramos un grupo de gente que tenía la misma mirada sobre las cosas.

Lo único gracioso que recuerdo eran mis peleas con Eurnekian. Yo no tenía una buena relación con él, pero tampoco él conmigo. Me acuerdo que yo tenía un escritorio de madera, en uno de esos box que se compartían entre cuatro y a veces, con el cuter, lo rayaba. Eurnekian se ponía furioso, decía “este Perrone”, me trataba de “rebelde” y finalmente hizo poner un vidrio sobre el escritorio. Después le hicieron una nota en la revista Noticias y contó que le hizo poner a Perrone un vidrio sobre el escritorio.

Mucha gente del diario trabajó en mis películas, porque yo siempre buscaba gente que no hubiera trabajado en cine: el Negro Prone, Fernándo Alvarez, Carlos Algeri, Gustavo Aldana, Carlos Bartaburu. Y, para mi primer largometraje, que se llamó “Ángeles”, se hizo una vaquita, mucha gente puso plata para que yo pudiera participar en el Festival de cine de Montevideo, donde ganó el primer premio.

Nunca más dibujé después de que me fui de El Cronista. Y no fue lo único. Ese día, a la noche, me saqué el reloj, lo puse en la mesa de luz y tampoco volví a ponérmelo. Quedó con la hora en la que volví del diario.



Raúl Perrone fue ilustrador de El Cronista Comercial, actualmente es cineasta

2009-05-21

De agradecimientos, primicias y recuerdos







Hugo Grimaldi en la redacción de Honduras, el 10 de septiembre de 1996. Foto tomada por Eduardo Núñez. Haga click en la imagen para ampliar

Primero, lo primero. Reconozco a Juan Carlos de Pablo como mi impulsor periodístico y gestor de mi ingreso en El Cronista Comercial y a Raúl Clauso, Néstor Scibona y Daniel della Costa como a mis orientadores en el periodismo económico. ¡Qué cuarteto de maestros, por favor!

Ahora, algunos recuerdos. En 1986, yo era operador financiero en un banco del que era cliente Juan Carlos quien, sabiendo que los fines de semana despuntaba el vicio del periodismo como colaborador de la Sección Deportes de "La Nación", un día me dijo si no me animaba a contar en el diario lo que sucedía en una jornada en la City, dólar versus pesos, etc. etc. y que eso era lo mismo que cronicar un partido de fútbol. Me la endulzó, porque ya se había ido del diario el responsable de Finanzas, Daniel Sticco y necesitaban tapar el bache. Pero me enganché de inmediato, porque alguna vez -antes de la era Eurnekian- había pasado por el edificio de la calle Alsina y había dejado mi curriculum. Ese diario que traía Edictos, Licitaciones, Manifiestos de Importación, Quiebras, Concursos y demás yerbas para mí era todo un misterio.

Llegué muy tímidamente a la Redacción del tercer piso una tarde a eso de las siete, después de salir del banco y Daniel me asignó una Olivetti, me explicó cómo colocar el papel pautado y me dijo "Pibe, escribite 40 líneas". Nunca lo conté ni se los dije, pero en esos días sentí que mi presencia por allí les había sacado a todos ellos un peso de encima, ya que los conformaba en una posición en la que era difícil conseguir gente. Había por entonces más miedo que ahora entre los periodistas para especializarse en Economía o Finanzas. En todo caso, mis ganas parece que suplían el esfuerzo de explicarme el ABC y me quedé 14 años y pico.

Unos días después de mi ingreso, Raúl me enseñó un método bien casero de anotaciones y flechitas para hacer el Panorama Económico y un tiempo después empecé a reemplazarlo esporádicamente en esa Columna Semanal. Como no podía hacerlo con mi nombre y apellido, por la incompatibilidad con el banco, comencé a firmar como Ariel Leira, un palíndromo que inventé, aunque luego comprobé que el tipo existía como identidad real. Cuando le puse la inicial de AL al final de una nota, en el Archivo se quejaron porque ya tenían una carpeta abierta a nombre de Alberto Lippi, el redactor acreditado en Economía. Entonces, le agregué mi propia inicial en el medio, para identificar mis trabajos: AHL.

No sé si fue el día del debut exactamente, cuando volqué hacia adelante la máquina que compartía con el Ruso Alejandro Matvejzuc en la pequeña y desvencijada mesita de metal donde estaba apoyada. La levanté, la apoyé sobre la parte de atrás y la Olivetti se deslizó para adelante, se estrelló contra el piso y se desmembró en ocho pedazos. El aplauso de la Redacción fue atronador, mientras los bollos de papeles y los avioncitos cruzaban por el aire y creo que me puse colorado hasta las orejas, con ganas de irlo a ver a Jorge Marinovic a Personal para firmar la renuncia.

Gracias a El Cronista Comercial conocí muchos lugares del mundo, en los Estados Unidos, Europa y Japón. Mi primer viaje fue a Holanda, a cubrir una Asamblea del BID, invitado por el organismo, a los pocos meses de haber ingresado y aún como colaborador. Scibona y Della Costa me habían dicho que siguiera a muerte al periodista de 'Ámbito' a todas partes y hasta llegué a copiarle de ojito algunas de sus crónicas. Pero me escribí todo, inclusive algunas cosas superfluas que luego me explicaron que no eran el eje de la cobertura y que por eso no las tomaban más que como apostillas. Por primera vez en mi vida usé un fax (1988), el modo en que yo mandaba todo aquel material a Carla Panicchi, la secretaria de De Pablo, desde Amsterdam, ya que las páginas se tipiaban todavía a máquina. ¿Qué debut! Bussiness de KLM, hotel paquete y hasta la posibilidad de visitar París, toda una aventura de lujo para un tipo que había nacido en Caballito y que apenas conocía Montevideo, Río y Disneyworld.

El último viaje que hice por el diario fue a Madrid, ya como subdirector, acompañando la visita de Estado que realizó el presidente de la Rúa, a fines de 2000. En esa ocasión se hizo el lanzamiento de una edición conjunta de El Cronista con Expansión, sobre la relación Argentina-España. Yo viajé un par de días antes y el suplemento se imprimió en Buenos Aires el día en que salía la comitiva oficial, así que el vocero presidencial de entonces (Ricardo Ostuni) llevó el paquete de diarios bien atadito en el Tango 01 y me lo entregó en el Hotel donde se hacía una reunión con empresarios. Apenas llegué a tiempo para colocarlo en una mesa en la puerta del Salón y cuando entraron los invitados, la pila había desaparecido. Las fotos muestran a todos los que estaban sentados ese día escuchando al Presidente con El Cronista Comercial en su falda o debajo del brazo, en el cinco estrellas más tradicional de Madrid.

Tengo también en el recuerdo tres primicias que hicieron mucho ruido aquí, fruto de tres coberturas en el exterior. Una, desde Washington, di la información que se había vendido el Banco Francés al BBVA, justo cuando comenzaba el proceso de trasnacionalización de la banca. Me lo contó bien tarde y a mí solo un alto funcionario del Banco Central, quien había sido notificado por el vendedor argentino y desde un teléfono público inmediatamente pedí pista. La Redacción se movió y en un rato armaron los antecedentes, la historia de la entidad y el perfil bancario de compradores y vendedores. Junto a mi crónica mandaron un titular cruzado en la tapa que salió más grande que el título principal. Un golazo.

La segunda se dio en Londres en 1998, después de un desayuno que parecía muy ligth y de protocolo con Eduardo Escasany, por entonces titular del Banco Galicia, quien se tiró muy directamente contra el Banco Provincia y Eduardo Duhalde. 'Ámbito' estaba en la mesa y no ponderó las declaraciones del mismo modo que lo hizo El Cronista, quien tituló con esa bomba. Es hoy todavía que dicen en el Provincia que no recuerdan tener en los archivos del banco tanto material de repercusiones de prensa, como el que originó esa entrevista durante varias semanas y que tienen varios cuerpos de carpetas para atestiguarlo.

La tercera la mandé desde Nueva Orleans, en abril de 2000, y sucedió en una Reunión del BID en la que Graciela Fernández Meijide me dijo en una entrevista que había que abandonar la convertibilidad. Cuando le pregunté a José Luis Machinea al respecto se puso rojo de furia y la historia del desencuentro estuvo en el tapete varios días. Los demás medios tuvieron las declaraciones del ministro, pero El Cronista las acompañó con el reportaje a Graciela. Ese fue el principio del fin de la Alianza.

Cuando me fui del diario, en febrero de 2001, lo hice con cierto sabor amargo, por dos cosas. Primero, porque no pude aguantarme ciertos malos modos de forma y de fondo que se habían instalado en el ambiente por esos días, que yo supuse injustos. Y, además, porque yo mismo me había encargado de convencer a muchos colegas de que los tiempos que venían eran profesionalmente mejores. En ese momento, fue un consejo honesto, pero la realidad me avasalló a mí mismo.

Estuve en Alsina y en Honduras casi todo el período de Eduardo Eurnekian, viví varias etapas en las que el diario se desperfiló y también tuve la suerte de haber contribuido al retorno a la senda de lo que mejor ha hecho en toda su historia, el tratamiento de la información económica. Si hoy me preguntan qué es lo que más extraño de El Cronista de entonces es la calidad humana de los integrantes del diario y sobre todo la hora de los cierres, con mi obsesión por presentar una tapa perfecta, sin errores ni duplicaciones de palabras, tarea que aguantaban a pie firme –no sin bromas en sordina- los muchachos y las chicas del taller, con Rubén Atippis a la cabeza y que ponía a prueba a diario, sobre todo, la paciencia de Alfredo Villa y de Miguel Montefusco.

Y no como postdata, quiero dejarle un gran saludo a las “huestes peronistas” que encabezaba en su marcha triunfal, a la hora de irse para su casa, el gran Cacho Falomir.

Hugo Grimaldi
Hugo Grimaldi ingresó a
El Cronista Comercial como colaborador en marzo de 1986; luego fue redactor, secretario de Economía y Subdirector, hasta febrero de 2001.

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2009-05-14

Un partidazo

Alejandro Rodríguez Diez y Alberto "Beto" Valdez, entrevistando a Domingo Cavallo, en 1997 (fotografía de Jorge Iturrieta para El Cronista). Haga click en la imagen para ampliar.

Imposible olvidarlo. Las páginas ya se habían ido y estábamos a la espera de su vuelta para las correcciones. No pasaba nada, era un clásico día "fiambre".

En medio de la abulia, alguien reparó en que el gran "Villita" estaba haciendo una pelota con hojas de un diario, a la que luego terminó de solidificar con cinta adhesiva. No terminó de hacer dos "jueguitos" que los futboleros de la sección Política (el jefe Beto Valdez, Diego Blejer y quien escribe) nos empezamos a acercar para mostrar nuestras -escasas- habilidades.

Se engancharon los diagramadores Charly y Reynaldo "Sopapa" Toledo. El jefe de Internacionales, el inolvidable Guillermo Ortiz, comenzó a dar indicaciones cual DT de su querido Vélez Sarsfield. Y en dos minutos se armó el picadito, que contó con la inicial participación de "los de negocios" Guido Nejamkis y Ernesto Nimcowicz.

El segundo de política, Luis Laugé, no tardó en prenderse, al igual que el editor de economía Gustavo Trossero. Pablo Wende miraba "desde la línea de cal", sonriendo, pero sin entrar en la lucha. Alfredo Sainz pidió jugar de wing, por el andarivel que custodiaba como un verdadero marcador de punta otro de política, Juan Castro OIivera. La diagramadora Inés, horrorizada, se fue al fumadero, acompañada por Aníbal Maturi, también escandalizado por el revuelo de patadas y agarrones. El columnista de Internacionales, Jorge Castro, miraba las camisas transpiradas, los empujones y los foules de los jugadores como si mirara a los ojos al demonio. Oski, de armado, le decía "venga doctor, prendasé".

Juan Emanuelidis, de Sistemas, pasaba esquivando pelota y cuerpos ante el grito de Dolores Olveira, porque se le había colgado la compu. Marcelo Bousquet se negó amablemente: lo mío es el basquet, dijo.

Carlitos Bartaburu, de archivo, hasta llegó a tirarse a los pies de un rival para robarle el esférico, que a esa altura ya no era tal. Coco Núñez, editor de Fotografía, hizo una eficaz pareja central junto a su compañero Iturrieta. Mientras que los de Información General (que a esas horas habitualmente ya se habían rajado, pero estaban trabajando "de séptima") Martín Becerra y Aníbal Mendoza apenas "alcanzaban" la pelota cuando salía del perímetro imaginario: desde la silla de María Oliva hasta la de Jorge Sosa, de un lado, y desde la de Daniel Soria a la de María Sánchez Laso del otro.

De pronto, un incidente alteró el transcurrir del juego. Alberto Farina, de espectáculos, metió un violento zurdazo que no pudo ser desviado por Leo, de Personal, e impactó en la cabeza de Olga de diagramación, quien desesperada pidió protección a su jefe: "¡Mezzadra! mire lo que están haciendo". El yorugua, con su cara recia habitual, sonrió y siguió en lo suyo.

Todo terminó cuando Mary gritó "¡Llegó la dos-tres!" en referencia a la doble página de apertura del diario.

Empezaron a cruzar por el medio de la "cancha" -con absoluta falta de respeto hacia los jugadores-, Norma Nethe, Hugo Grimaldi, Hernán De Goñi y el gordo Chiaruttini.

Natacha Esquivel pasó por el área chica defendida por Martín Dinatale y pateó la pelota hacia un costado, como sacándola del campo de juego, acción que fue brutalmente abucheada. El Cholo Minoli salió de su oficina sabiendo que ya estaba a salvo de un pelotazo. Se acercó Della Costa a la mesa y, por último, apareció el entonces director Néstor Scibona, que le dio el pitazo final al encuentro con su habitual tono sereno: "a ver si nos calmamos un poco" dijo ante caras enrojecidas por el esfuerzo. Montefusco, como siempre, gritó "muchachos, vamos que nos perdemos el interior". Y todo volvió a la normalidad.

Nunca recordé como terminó el marcador. Nunca me importó en realidad. Pero algo ocurrió con aquel partido: aún hoy lo recuerdo desde el primer instante hasta su súbito final.

Nunca pude olvidar aquel partido en medio de la redacción de El Cronista, que empezó con unas hojas de papel amontonadas por Villita.

Alejandro "Quico" Rodríguez Diez

2009-04-29

En salmón

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Si el sábado 7 de octubre de 1973 el diario tuvo una transformación clave, al pasar del formato sábana al tabloide, el 15 de mayo de 2001 protagonizó un cambio no menor: se convirtió en salmón. La opción fue elegida por el grupo español Recoletos, que hacía poco tiempo había desembarcado en el país y mantenía esa estética en todos sus productos, en línea con el Financial Times, con el que compartía accionista.

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2009-04-20

Un sueño apasionado



En un bar detenido en el tiempo que se resiste a las veleidades y a las ofertas millonarias de compra de los mandamases de Palermo Fashion, en un Olimpo de olvidados que queda justo en la esquina de Bonpland y Honduras, y que todavía regentean españoles de buena leche y amigos entrañables, funcionaba la segunda redacción de El Cronista.

Sobre esas mesas porteñas, donde un especial de crudo y queso todavía es una obra de arte, los muchachos de la redacción nos encontrábamos para contarnos anécdotas impublicables, conspirar contra los adversarios y añorar lo que nunca habíamos vivido.

Era un diario extraño, que en pleno apogeo menemista, intentaba dejar de ser lo que mejor había sido y ahora por suerte es: un matutino económico de calidad. Allí conocí a Mario Diament, a Néstor Scibona, a Orlando Barone y a Jorge Castro. Fui jefe de Nancy Pazos, Fernando González, Jorge Sigal y Beto Casella. Y compañero de Silvia Hopenhayn, Alejandra Dahia, Antonio Birabent, Alberto Valdez, Martín Dinatale y Luis Laugé. Y me hice amigo de personajes inconvenientes y políticamente incorrectos que por prudencia propia y ajena prefiero no mencionar. Conocí en esa cuadra a algunos de los mejores y peores periodistas de la Argentina, y me tomé copas con algunos alcohólicos no tan anónimos que eran la aristocracia del periodismo más noble. También a un gran ilustrador que luego devino en el rey del cine independiente: el legendario Raúl Perrone. Y a un muchachito nuevo que intentaba vanamente hacer buenos chistes gráficos: Nik.

Eduardo Eurnekian, que los había cobijado a todos, me presentó un día a David Ratto, su musa personal. Fue David quien me enseñó una ley elemental: el periodismo se hace con calentura. Ratto leía muchas notas y se preguntaba en la intimidad: “Estos redactores, ¿estarán vivos?” Pensaba que, por el tono aséptico y burocratizado de muchas notas de los diarios argentinos, ciertos redactores habían expirado o estaban mortalmente aburridos. Es verdad: un editor debe insuflarle entusiasmo desenfrenado a los redactores y luego revisar el material que traen con frialdad de cirujano. Serás un apasionado o no serás nada, me decía Ratto. Y daban ganas de salir y comerse el mundo.
Esa redacción era, en 1991, pionera en muchas cosas: en el uso de la informática, en la convergencia, en la organización multimediática y en la decisión de ser “un edificio libre de humo”. Siempre recuerdo a Eurnekian persiguiendo a los gritos por una escalera a un editor que fumaba a las escondidas.
También recuerdo que un redactor venía al trabajo en su Mercedes Benz, mientras yo lo hacía en el 93 diferencial. Todas las noches me llevaba hasta mi casa Alfredo Leuco, con quien nos convertimos en hermanos. Una noche de aquellas me preguntó cuál era mi sueño. Y yo le dije: “Morir en un diario”. Leuco bromeó: “A mí me gustaría morir en un diario…que fuera mío”. Morir en un diario, ése era el sueño apasionado que yo soñaba en la redacción de El Cronista.

Jorge Fernández Díaz

2009-04-06

Sobre Alfonsín

El pasado en tiempo presente

Por Ricardo Frascara (*)

Tengo tantos comienzos para una estampa de mi paso por El Cronista Comercial que no sé por dónde empezar. Quizá, como casi siempre en mi vida nómada por las redacciones, ponga las manos sobre el teclado y las deje andar...

En este diario alcancé la culminación de mi carrera, cuando el 29 de junio de 1983 se publicó mi ascenso a director periodístico: no fue una posición para sentarme en un sillón, mi sangre no me lo hubiera permitido.


Además, a mis 50 años, me esperaba el acontecimiento más trascendente de mi trayectoria. Fue lo primero que pensé mientras mis compañeros me palmoteaban la espalda por la designación: abrirle la puerta desde “mi” diario a la llegada del hombre elegido para devolverle a mi país la sonrisa y la esperanza.

Entonces decidimos en pocos días qué haríamos ante esta largamente esperada vuelta a la democracia: entrevistar a los candidatos. Así, de a poco, manejamos con Daniel Della Costa, Néstor Scibona y los muchachos que estuvieran disponibles, las ocho entrevistas que se publicarían en nuestras páginas, hasta desembocar en el número del 10 de octubre con la edición que en tapa se llamó Plataformas Electorales. Habíamos dialogado mano a mano, gracias a esta maravillosa profesión, con los hombres que pretendían tomar el timón para alejarnos a todos los argentinos de la época más sombría que habíamos vivido en el siglo XX. Para mí fue realmente emocionante y hoy lo mido aún como un paso conmovedor, que reafirmó la enorme vocación individual y colectiva de volver al orden de las cosas; retornábamos a respirar, hablar, caminar sin trabas ni miedos.

Todo eso tratamos en la redacción de la calle Alsina de transmitir, de interpretar. Por supuesto, no existía el reloj y las peleas con el taller por los cierres eran calientes. Y como siempre, en todo ese mes de octubre del inolvidable ’83, los diarios fueron apareciendo cotidianamente.

Inclusive en esos días me sucedió algo inédito: un grupo de amigos organizó una cena para que les contara cómo eran, qué prometían, qué me habían parecido, los candidatos entrevistados, y a la vez ellos expusieron sus preferencias, sus esperanzas. Fue un debate abierto, que hizo que desfilaran ante mí aquellas caras imborrables y expuse mis impresiones, que hoy vuelven a manifestarse gracias al ejercicio al que me llevó la invitación de Alejandra Beresovsky de sumarme a este blog, justo en el momento que vuelve a conmovernos la última luz de Alfonsín. Y fue precisamente Raúl Alfonsín quien más fuerte me hizo aferrar a la mesa en la que hablábamos con los candidatos. Sus palabras, sus ideas, su manera, sus gestos, su actitud determinada fueron por completo convincentes. Charló simplemente como un hombre sencillo y firme, cordial y convencido. Apasionado y reflexivo. De alguna manera entusiasmaba su tono dominante y aún cuando no debíamos expresar esa sensación en las notas, en mi interior él marcó una ventaja.
Alvaro Alsogaray fue un exacto profesional exponiendo una materia, una tesis. Italo Lúder usó un tono de gran seguridad en su triunfo y en ningún momento utilizó términos condicionales. Más, se presentó ante esa mesa de periodistas como presidente en ejercicio, más distante, nada dubitativo, ganador antes de la batalla. En fin, Manrique, Alende, Martínez Raymonda, Frigerio (quizá el más esperanzado) se expresaron como políticos avezados que buscaban incidir en el resultado final de las elecciones.

Así lo vi en esas jornadas que viví camino a la sí que gloriosa fecha del 30 de octubre. Mi experiencia de 30 años en el periodismo no pudo imponerse a mi entusiasmo ciudadano. Y el 31 de octubre el diario acompañó la euforia que reinaba en el país. Y el 10 de diciembre llegó la esperada asunción de Alfonsín en medio del clamor popular.

Nada más tres meses después, y aprovechando mi puesto para designarme enviado especial, acompañé como cronista –mi siempre añorada tarea- al presidente Raúl Alfonsín en su visita a Venezuela y Colombia. La asunción de Jaime Lusinchi como primer mandatario de Venezuela le daba a Alfonsín la posibilidad de comenzar su tarea de latinoamericanista, que tanto han resaltado en este abril del ’09 los comentarios de todo el mundo. Qué puedo contarles... Ni bien nos acomodamos en el avión presidencial, los enviados solicitamos una entrevista con el presidente e inmeditamente Alfonsín aceptó. Al rato se trasladó hasta nuestro sector, se sentó con nosotros, y nos trazó un panorama de manera afable, convincente. En los diarios del 2, 3 y 6 de febrero reflejé ese viaje y sus palabras, que fueron muchas. Habló con temas abiertos con periodistas de los dos países que visitó, nos atendió a los argentinos siempre, en cualquier momento, en el avión, en el hotel, en los actos. Siempre estuvo dispuesto a salir adonde lo llevara el apretado programa, siempre fue directo en sus conceptos en cualquier ámbito. Así, yo terminaba una de las notas: “A nivel del mar, a 9.000 metros de altura o a 900 (la altitud de Caracas), Alfonsín tiene una sola manera de expresarse. Puede ser suave, contemplativo, irónico, duro, pero hasta ahora no lo he visto actuar a la defensiva. Es un actor veterano que domina la escena con su sola presencia.”

El Cronista me permitió todo eso y mucho más: integrarme con una redacción de 40 personas heterogéneas, con sus alzas y sus caídas, charlatanas o taciturnas, impulsivas o serenas, brillantes muchas veces, otras sólo –y tanto- humanas. Pero todos escribieron junto a mí los diarios a los que nutrimos desde marzo de 1978 a noviembre de 1985. Eso les agradezco.

(*)Ricardo Frascara fue director de El Cronista Comercial entre 1983 y 1985. Trabajó en Primera Plana en los '60 con Julián Delgado. Integró junto con él el equipo fundador de la revista Mercado, pero se separó en 1974. Cuando el grupo se hizo cargo de El Cronista Comercial, a principios de 1978, Delgado lo convocó como Jefe de Redacción.Cuando Delgado es desaparecido por la Dictadura Militar, Frascara se mantuvo al frente del diario, aunque reción dos años después lo nombraron subdirector, hasta que finalmente, en 1983 y hasta su renuncia, en noviembre de 1985, asumió como director. Frascara vive en San Clemente del Tuyú desde 2000 y dice que, aunque nació en pleno centro, hoy la costa es su vida.

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2009-04-02



















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2009-03-26

Honrar la historia



Honrar la historia de quienes nos dedicábamos a la información detallada día a día para El Cronista Comercial hoy significa hacer la evocación de un medio especializado.

Un pionero de la comunicación para el sector empresarial, bancos de negocios, accionistas del país y analistas de los tratados, convenios, formas de negociación, utilidades y beneficios del “stage”. Un medio para dar a conocer la actividad de estas empresas y sus planes -y etapa tras etapa, si eso era lo fundamental-. Este fue siempre el trazo de información y análisis de las crónicas difundidas. Siempre a favor de la realidad del mercado vendedor-comprador, y del sector señalado con la identidad económica y empresaria del país.

Este delinear a veces coincidía con la voluntad de anunciar de las firmas y en dos ediciones paralelas: una que se distribuía sólo al suscriptor, y otra, para los quioscos, que era editada y rebautizada sólo “El Cronista”.

Las orientaciones o tendencias, más la información habitual, tuvieron siempre enfoques de observación o análisis desde un punto de vista institucional y contaba además con información crediticia para bancos y bolsa, algo que este medio extendió siempre a las empresas.

Desde el último cuarto de siglo pasado, hubo que alternar oscilaciones con hechos muy relevantes, como sobrellevar variaciones económicas. Así fue que el año 2001 sorprendió al diario con la crisis financiera más aguda de la historia del país. A nivel tecnológico, también estuvo ligado a la evolución industrial y su transformación adecuada al marketing o estudio del mercado mundial.

Fue así que pude observar el movimiento del comercio exterior, que me hacía reflexionar sobre los sucesos o conjunto de datos que se debían comunicar generalizadamente. Para quien se liga a un medio de difusión de información fidedigna, la noticia no sirve si la misma no refleja, mantiene y desarrolla referencias o juicios. Relatos con concepto, con la indispensable precisión que demandan los mercados.

Esta fue una diligencia que desarrolló siempre El Cronista, demostrando en todo momento moderación en la línea editorial en los extremos de la noticia o acontecimiento y conjunto de datos que alcanzaban un tema o asunto engendrado por la actividad humana.

Los sucesos que dejó el siglo XX transcurrieron con planteos que todavía tendremos que resolver en lo social, con un vocabulario y expresiones bienintencionados.

Durante este muy reciente siglo XXI, tan esperanzado en salud y disfrute de todo lo humano existente en el universo – en todas las direcciones-, esperamos sucesos que den motivos de bienestar en tiempo y forma.

Estamos transitando nuestro planeta intentando mejorar mediante la mutua cooperación de la globalización, que brinda aspectos que conciernen al mejor desarrollo de la sociedad. Es un reto indispensable que todos debiéramos procurar y proyectar, buscando unir la tecnología con las fuentes de recursos naturales. Esto permitirá mejorar y ofrendar una evocación como herencia y simientes de nuestros futuros sucesores.
No sé si habré aportado algo con mi participación y estímulo hacia el medio que representé, para que Dios, que así lo esperamos, pueda prolongar la continuidad de la fuente inagotable de información que es El Cronista, por medio de sus destacados colaboradores, como el actual subdirector, Hernán De Goñi.

Cecilio Balmaceda

Cecilio Balmaceda trabajó en la redacción de El Cronista Comercial entre 1961 y 2001, para las áreas de Empresas, Tribunales y Marítima

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