2011-06-29

Aquellos de la foto

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Épocas difíciles para el diario y para el país. Éramos un grupo laburador y divertido, nadie desentonaba. Sabía cada uno cuál era su función en el diario, y la llevaba adelante. Después, siempre había algún momento para la chacota. Recuerdo a todos los de la foto del 70, aunque faltan Pi de la Serna, el gallego Treviño, Carmencita Rivarola, Jorge Montoya, Roberto Fernandez Taboada, Humberto Católica (diagramador insignia), Silvia Ceretto, Cesar Magrini, Carlos Abalo, el legendario Lorenzo Molas y otros recordados compañeros. Es emocionante recordar esa época, que fue muy importante en mi vida personal y profesional. A todos los de la foto y a los que nombré, y a otros que lamentablemente ya no están entre nosotros, los llevo en mi memoria como queridos compañeros.


Julio Scaramella

Actual director de Comunicaciones de Aeropuertos Argentina 2000.

2011-02-25

El camino del exilio




Trabajé en ECC, en Alsina 547, en 1974, entre marzo y noviembre de ese año, como columnista de la sección internacional. Guardo con mucho cariño muchísimas de aquellas notas, prolijamente conservadas.
Tengo un recuerdo muy emocionado y lleno de gratitud para con Cacho Perrota, quien personalmente me estimuló ("indemnización" mediante) a que tomara el camino del exilio, al que marché a principios de noviembre de 1974 y del que volví en enero de 1984.

2010-12-26

Homenaje a Omar Andragnez


El “Gordo”, el “Negro”, “Omi” o simplemente “Omar”. Libriano, de allí su ecuanimidad, equilibio y búsqueda de justicia. Hincha de corazón de Quilmes, pero simpatizante riverplatense.


Familiero desde lo genes (surgido de una familia numerosa con varios hermanos), vivía por y para Ana (su esposa) y sus tres hijos. Amante del mar, del aire libre, de compartir tiempo con amigos. Calentón, vehemente, apasionado y gesticulador, defendía sus ideas y puntos de vista con firmeza. Como contraparte era simpático, entrador, cariñoso y afectuoso. Solía siempre tener un chiste a mano para alegrar las conversiones, pero no eran su fuerte los chistes en sí, si no su manera de contarlos. Muchas veces los mismos quedaban por la mitad al olvidarse Omi del remate final, lo que motivaba seguramente más carcajadas que las que hubiera proporcionado por sí solo. Compañero, amigo, siempre decía presente tanto en los buenos como en los malos momentos. Una palabra de aliento, un gesto, un abrazo reconfortante, para dar siempre en el momento indicado.


Cómo no ser tan querido. Su familia, sus amigos, sus compañeros nunca lo olvidaremos. Más de 20 años de carrera laboral en El Cronista Comercial (ECC), donde con Graciela Humenuk formaba la histórica dupla del Sector Cobranzas. Lo conocí un 3 o 4 de enero de 1995, cuando me citaron de ECC por la entrevista laboral. Había llegado temprano y el Contador Blanco, mi entrevistador, aún no había llegado. Me quedé parado ahí en el Administración, esperándolo. Y en ese momento apareció Omi, me saludó, se presentó y me invitó a tomar un café de máquina, cediéndome su tarjeta plástica de créditos de bebidas calientes. Fue la credencial de presentación de ese don de gente, que no se compra, que no se adquiere, con el que se nace o no. El Gordo lo tenía, excelente ser humano, una persona excepcional.


Por ese gesto y por muchos más, que se dieron a lo largo de 15 años de compartir horas de trabajo (y fuera delmismo también), y porque no por cierto parecido con mi viejo (no físicamente, pero sí por personalidad) yo lo llamaba mi “papá laboral”. Gordo, ayer, 25 de diciembre de 2010, te nos fuiste, así, sin avisar, de repente, en forma sorpresiva. Nunca te voy a olvidar Omi. Dejás en mi corazón hermosos e imborrables recuerdos. Te quiero Negro. Por suerte tuve la oportunidad de decírtelo en ese abrazo sentido que nos dimos hace apenas un mes, en el asado en la casa de Grá... Fuiste un tipazo, del que Ana y tus cachorros tienen que estar más que orgullosos. Hasta siempre AMIGO MIO!!!


Mariano Agostini

2010-08-22

El elenco de la leche


Anibal Maturi y alumnos
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Por experiencia más que por ideología, afirmo con frecuencia que nadie puede guardar recuerdos luminosos de alguna empresa, pero sí –regla sin excepciones- de los compañeros y del bar de la esquina o cercano a cualquier redacción con dignidad. Todos mis trabajos, incluidos casi nueve años en El Cronista, fueron, son y serán sólo eso: colegas y amigos.
En las desdichadas épocas de los 90, aunque el país se hundía con todo el apoyo del diario, corrían historias fascinantes que –casualmente o no- protagonizábamos un buen grupo de compañeros. Dos de aquellos sujetos poco recomendables (como uno) son hoy mis mejores amigos: Alberto Farina (“Fariña”) y Marcelo Fernández Bitar (“Vital”).
Con la memoria un poco desordenada, vayamos entonces -sin nostalgia y con felicidad- a aquellos momentos.

I: Olivia y el comisario

Por el apoyo de algunos ex compañeros del inolvidable Tiempo Argentino (Martín Warmerdam, Jorge Castro, Raúl Perrone, Norberto Beladrich) aparecí en la redacción de Alsina y comencé unas colaboraciones para después trabajar los fines de semana en Honduras. Luego, Castro (subdirector) me propuso incorporarme a la sección Internacionales.
Una de mis compañeras sería María Oliva ("Olivia"), cordobesa irrenunciable, de quien había padecido años atrás (justamente en Tiempo) los entretelones de su noviazgo, de sus tardes lujuriosas sorprendidas por la anciana madre, y los preparativos de su casamiento de apuro, según lenguas periodísticas. El futuro que me esperaba no era mejor: un embarazo completo y todo lo siguiente, como su mal humor, su ansiedad característica, que “la nena no me come” y que “cada día estoy más gorda”. Pero hubo algo peor: trabajé un mes, fui a cobrar y nadie tenía noticias de mí. Recorrí pasillos largos de Cablevisión, me topé con ineptos de 101 pisos de altura hasta que encontré el oasis de Jorge Marinovic (por entonces algo así como jefe de personal pero no tanto), quien me salvó la vida luego de sufrir juntos dos meses de burocracia eurnekianiana.

En esos 60 días de incertidumbre, Castro sonreía y balbuceaba: “Usted, señor Maturi, tiene la humildad de los grandes”.
Con mi vida solucionada y mi fe en el futuro continué trabajando. Fui a cobrar: “¿Cómo es tu nombre…? No, acá no hay nada para vos…”, y la recomendación fue ir a hablar con Antonio Caligiuri, nuevo jefe de personal. Como buen comisario retirado, el hombre jamás miraba a los ojos y su imagen daba escalofríos a algunas compañeras. “Está bien –me dijo- dejalo en mis manos…”. Me retiré con la convicción de que jamás vería un mango.
Al día siguiente, el ex uniformado miraba en otra dirección y me hacía señas para que entrara a su oficina. “Te solucioné todo”, anunció, y me dio un sobre con 400 pesos, casi el sueldo del cadete y la mitad del que percibían algunos pasantes. A punto de desfallecer, agradecí su gestión.
Esta tortura (al mes siguiente fui a cobrar y me preguntaron nuevamente cuál era mi nombre y qué hacía) duró más de un trimestre hasta que mi sueldo fue el normal y mi fama también. En esos días de vientos huracanados hubo un plus: “Ay, Maturito, ¿no me vas hasta la impresora que yo estoy muy cansada?, murmuraba unas 14 veces diarias mi compañera Olivia, con cara de cocker spaniel y las manos cruzadas en su panza enorme. ¡Qué lejos estaba de nuestro escritorio aquella impresora…!, y Castro reconocía: “Señor Maturi, usted es un héroe…y no me lo niegue”.

II: La hora de la leche


La reluciente y recién estrenada redacción de la calle Honduras era particular y distinta a cualquier otra: parecía un banco, una compañía de seguros, una oficina pública. Nadie gritaba, no había discusiones, las bromas parecían un sacrilegio. “Tenemos que terminar con esta payasada”, me propuso un día mi amigo Perrone. “Esto es insostenible”, le respondí, y empezamos a comportarnos como en una redacción. Inútiles y alcahuetes (que abundaban) nos miraban aterrorizados cuando gritábamos o armábamos polémicas alrededor de un tema cualquiera. "Si viene Eurnekián nos va a echar a todos…”. La respuesta de Perrone fue inapelable: “¿Por qué no te vas a recagar?”, interrogó con gesto asesino.
Mientras ineptos y alcahuetes quedaban al margen, todo empezó a normalizarse y la redacción comenzó a parecerlo. Tanto, que en la esquina misma de Honduras y Bonpland había un bar perfecto: lo atendían gallegos y era un bodegón acondicionado para atorrantes de nuestra jerarquía.


Una tarde, a eso de las 18, grité en dirección a Perrone y Martín Warmerdan, que conversaban por ahí: “Señores, me voy a tomar la leche”, y nos fuimos los tres. Al día siguiente, repetí la propuesta y se prendieron Alberto Farina, Marcelo Fernández Bitar, Antonio Birabent y Adrián Soria. Unos días después, Gedalio Tarasow (el último gaucho judío, amigazo de varias redacciones) se incorporó al grupo con Carlos Algeri.
Cuando llegaron Jorge Dubatti y Andrés Casak (el judío errante) la leche fue un acontecimiento masivo y diario. Entre las 17,30 y las 18, Fariña gritaba: “Lecheeeeeessss…”, y Vital confirmaba: “A la voz de aura…”. Todos marchábamos –en ocasiones nos colocábamos narices rojas de payasos compradas por Vital- hacia la esquina. Algunas miradas dudaban de nuestro estado mental y eso nos divertía enormemente.


III: La patronal fascista

Eran tiempos de cambios y como Castro aseguraba citando a su madre, todos eran para peor. No se sabía quién decidía tal o cual cosa, ni quién determinaba cuánto debía ganar uno u otro. El pasquín aparecía y nadie se explicaba cómo ni por qué y, mucho menos, quién lo compraba. Paralelamente a esta deriva incontrolable, la hora de la leche tomaba formas institucionales. Con los cambios sucesivos de gestión, llegaron lacras humanas (o casi) que no merece la pena recordar, cuya función era la alcahuetería y confeccionar listas de despidos. Entre otros, echaron a Vital, nuestro amigo y miembro fundador de la hora de la leche. Sin embargo, no lograron separarnos, porque al día siguiente Vital ya había encontrado trabajo y sólo unos metros más arriba: en Cablevisión, dentro del multimedio. El elenco de la leche continuaba intacto.



Los cambios continuaron siempre para peor. Casi a diario había rumores de despidos y nuevas listas negras, en las cuales –por fortuna- me encontré más de una vez.
Perdimos en esas épocas nefastas a algunos miembros de la hora de la leche que, ante la propuesta de retiro voluntario, lograron llegar a un “arreglo” de plata: Birabent encaró para su trabajo de cantautor y actor, Tarazow se dedicó a sus críticas de cine y programas de jazz, y Soria se puso al frente de una revista bailantera. Algeri tomó un destino incierto, y no supimos de él durante años.
En medio de estas tempestades, el elenco de la leche se volvió indestructible: Fariña, Vital, Dubatti, Perrone, Casak. Algunas veces, aparecía Birabent (en bicicleta) y se incorporaba a la mesa.
Los invitados especiales estaban prohibidos, pero las excepciones no. Por eso, se permitía ocasionalmente la presencia de Elena Moreira o alguno que otro compañero.



IV: No todo tan mal

Dentro del diario, en tanto, tenían éxito mis intentos de vivir tranquilo. Además de Olivia, era compañera de sección la “Señorita Sisi” (María Cecilia Barro Gil), y qué buenos recuerdos tengo de ella. Perseguidora implacable de hombres judíos, primero los capturaba y luego los sometía a sus bajos instintos para llegar –en ocasiones- al casamiento. Hasta el día de hoy, al pasar por los barrios de Once o Villa Crespo, puede arrojarse del colectivo en movimiento si cuatro o cinco personas no lo evitan. El contexto se presentaba favorable. Miguel Montefusco (“Montefiasco”) me divertía al pasar cantando cosas como “Corazón salvaje”, ante la posibilidad de que el cierre del día jamás se produjera. Trabajar con Reinaldo Toledo (“Bignone”) era cada día una sorpresa: manejaba negocios que iban desde el sonido para una bailanta hasta el diseño de una revista de Recoleta o la instalación de un locutorio en Quilmes. Por ese sector estaban Olga Hernández (siempre con un exordio feminista a mano) y el gran Charly, con quien intercambiamos películas de todas las épocas.
Con Cecilia Zárate (mezcla de telefonista y secretaria de Castro) había un enfrentamiento cotidiano cuando pretendía evitar que le robara a su jefe los diarios del escritorio. Ella jamás lo supo, pero mi triunfo fue absoluto. Recuerdo también largas charlas y que casi lloró cuando me fui del diario.
Largas charlas también, muchas de música y folklore en especial, manteníamos después del cierre con la telefonista-recepcionista, ex futura traumatóloga y difusora de chismes Celia Aballay. Directamente desde La Rioja y por sus conocimientos ancestrales indígenas fue mi curandera de cabecera. Aun hoy, no dudaría en consultarla. En otros temas, siempre tenía –inexplicablemente o no- una solución a mano.
Por la zona de Corrección abundaban los personajes: Alicia (armenia y jefa), con guardapolvo rojo para evitar las malas ondas; Claudia Sánchez (Jacinta Pichimahuida) con sus lecciones de sintaxis estricta, y el radical Julio Oriol, siempre visualizando conspiraciones cercanas.
En este ámbito, el terror de la era no logró asustarnos y la hora de la leche continuó en el bar del gallego Julio, atendido por el no gallego Miguel (perdidamente enamorado de la Moreira) y luego por el gallegazo Alfredo, con quien mucho tiempo después nos cruzamos por la calle y el abrazo emocionó a los dos. Su nobleza gallega ya me había puesto antes al borde de alguna lágrima: en una ocasión no tuve plata y, antes de la leche, fui a pedirle que me fiara por unos días. Alfredo estaba comiendo, a eso de las 3 y media de la tarde, en una mesa del bar. Después de mi pregunta enfureció en un idioma que mezclaba el argentino con el gallego: “Pero cómo vienes a decirme eso…, qué venís aquí a pedirme permiso, que vienes aquí todos los días…, y esta es tu casa y en la casa de uno no se pide permiso, y si querés venir a comer día y noche te sientas aquí y nada más…”, y remató: “Aquí vienes cuando quieras y no me jodas con nada…¿somos amigos o qué mierda…?

IV: El fin, pero sin ocaso

En aquella isla con resabios de bodegón de los años 30, las “leches” eran irrenunciables. Hubo días en que alguien faltó a trabajar, pero no a la esquina de Honduras y Bonpland a la hora señalada. Se hablaba y discutía de todo, casi siempre en joda permanente por motivos obvios: Dubatti daba charlas de teatro en los últimos arrabales y mencionaba localidades desconocidas para el más baqueano; Vital citaba a sus entrevistados justo allí y a veces se juntaban 2 o 3, mientras algún promotor de figuras rockeras hacía señas por el gran ventanal con una gacetilla; Fariña (uruguayo-argentino) mostraba su pánico ante la posibilidad del puente Buenos Aires-Colonia y un aluvión turístico; Casak (el judío errante), siempre con un CD abajo del brazo y con trabajos que hacían honor a su apodo: de aquí para allá y no se sabía dónde; Perrone, en busca permanente de elencos para sus películas filmadas en Ituzaingó, hablaba con personajes indefinibles y tan misteriosos como espías ingleses. A mí me decían “Petroccelli” porque la construcción de mi casa en el campo parecía eterna. Se burlaban además, sin piedad, de mis presentaciones como guitarrista flamenco.



En aquella época de esplendor, a principios del 98, Vital trajo la noticia: “Me llamaron de Perfil, porque van a sacar un diario…”, y como la propuesta era tentadora aceptó. Pudo venir algunas veces a la esquina, pero después fue imposible.
Un mes después, una mañana, me despertó su llamado: “Tenés que venirte para acá porque hace falta un editor y hay buena plata. Además, tenemos que tomar la leche”. También acepté, porque había allí, en Perfil, amigos muy queridos y todo pintaba perfecto, aunque desembocara en un desastre. Cuando di la noticia en la mesa del bar, Fariña preguntó: “¿Y qué va a pasar ahora con la leche…?”, a lo que Dubatti respondió con forzado tono teatral: “Es el fin, inevitablemente es el fin”.



Casualmente o no, aquellos encuentros que serían los finales fueron accidentados por ausencias, alguna gripe, alguna nota de urgencia y otros inconvenientes. Nunca supimos cuál fue la última vez que estuvimos todos juntos.

V: Olvidar, nunca

Vital y yo sufrimos la catástrofe del cierre del diario Perfil y tuvimos un tiempo de desocupados que nos permitió innumerables leches. También nos reunimos a cenar –como lo hacíamos los primeros jueves de cada mes- con Birabent y Tarasow. Tuvimos encuentros (Vital y yo) con Fariña y Casak, Dubatti, y con Perrone en su casa de Ituzaingó, donde habíamos inventado una variante de ping-pong que proponía correr alrededor de la mesa como unos boludos, pero ¡qué bien la pasábamos…!. Fariña llevaba a su vieja perra Movie, y Perrone temía un enfrentamiento canino con su otra vieja Caricatura. Todo continuaba con el mismo clima payasesco de siempre.
Desde aquella última leche en el bar de Julio (que nunca supimos cuándo fue) pasaron -hasta esta larga crónica de recuerdos- más de 12 años y casi 1 desde que Fariña se fue a vivir a otro barrio y por esos misterios del afecto sigue con nosotros. Con Vital, nuestros encuentros son sagrados y continuos. Con los demás del gran elenco estable siempre hay algún llamado, algún recuerdo, algún abrazo por la calle tan bienvenido como inesperado.
Birabent vino hace poco a una de mis clases de periodismo para que los chicos practicaran las técnicas de la entrevista. Antes, por supuesto, tomamos la leche. Sin nostalgias y con gran felicidad, nos repetimos: “¡Qué bien la pasábamos…!”, y siguieron unos segundos de silencio.


Aníbal Maturi


Aníbal Maturi fue redactor de la sección Internacionales de El Cronista desde 1990 hasta 1998. Antes de eso, trabajó en la sección Política. Actualmente es docente de periodismo y colabora en distintos medios.


Este texto sufrió pequeños, pero igualmente injustos recortes de censura. Puede pedir el todavía más sabroso original aquí

2010-02-18

Pasquini Durán, el adiós a una pluma clave del periodismo


Tras ser despedido el domingo por colegas y exponentes de diversos ámbitos de la cultura, ayer fueron cremados en el cementerio de la Chacarita los restos del periodista José María Pasquini Durán, quien murió el sábado a los 70 años.


Protagonista clave del periodismo argentino, Pasquini Durán cultivó su estilo de agudo analista en varias de las redacciones más recordadas del siglo pasado, como La Opinión y Panorama y le tocó también dar su sello a uno de los diarios más jóvenes del país, Página 12.


También trabajó en El Cronista Comercial en 1975, en una etapa muy especial de este medio, que reflejaba como pocos, en ese momento, el doloroso vaivén que viviría el país. Norberto Colominas, quien compartió con él la recordada sede del diario en la calle Alsina, cuenta que juntos disfrutaron de integrar una sección Cultura de lujo, encabezada nada menos que por Tito Cossa, Carlos Somigliana, Osvaldo Soriano, Andrés Rivera y Norberto Soares. Su paso por esa área fue previo a la estadía en lo que parecía ser su destino natural, la sección Política, aunque Colominas asegura que también Cultura “estaba muy politizada”, algo –destaca– natural de esos años.


Sin embargo, las vicisitudes del diario y del país hicieron que aprovechara un viaje profesional a Europa y la indemnización por el primer cambio de dueño de El Cronista Comercial –que debió ser vendido por la familia Perrotta–, para quedarse en el exilio.
Colominas, Somigliana, Cossa y Pasquini Durán habían trabajado juntos también en El Mundo y el recuerdo coincide con las opiniones que se dieron sobre el periodista en los últimos dos días. “Era un tipo de una inteligencia superior, brillante, con un sentido del humor muy fino”, dice Colominas.

Alberto Dearriba, quien también estuvo en la agitada y luego diezmada por la última dictadura militar redacción de El Cronista de los ‘70, compartió en cambio las páginas de Política del diario. “Lo recuerdo siempre como un tipo muy riguroso, muy honesto, muy comprometido con sus ideas, muy serio”, manifiesta. Unos años después, en pleno renacer del periodismo más crítico en la década del ‘80, lo vio llegar a Página 12 un par de años después de su lanzamiento, cuando Pasquini Durán se sumó para desempeñarse como Secretario General en el lugar que dejara Dearriba

Publicado en la sección Política de El Cronista Comercial el martes 16 de febrero de 2010

2009-10-30

Un día casi trágico



Entrada la noche, era un ritual compactar enormes pelotas con papel de teletipos, y jugar picaditos en la redacción, mientras alguno de "los enterradores de siempre" tecleaba las últimas palabras de una nota "importantísima" (jajaja), sin la cual no podía salir al día siguiente el diario.

Pero un día, todo pareció perdido. El gerente de Personal, Marchese, reveló en una reunión de Directorio, donde estaba el flamante dueño del diario, Eduardo Eurnekian: "Ustedes saben? Descubrí que en la redacción se juega a la pelota". Luego de la frase, hubo un silencio sepulcral.

Los asistentes, todos colorados. Nadie sabía qué decir. Hasta que la voz risueña de Juan Carlos de Pablo rompió el silencio: "Jajaja! ¿Recien te apiolaste? Porque yo también juego". Todo el mundo rió, y así siguieron los picaditos por mucho tiempo.

Alejandro Matvejczuk
Alejandro Matvejczuk trabajó en El Cronista Comercial en distintas etapas. Desde 1979 a 1980, en Mercados. Luego, entre 1980 y 1984 haciendo suplencias en vacaciones en Economia y de 1986 a 1990, en Finanzas. Más sobre los tradicionales "picaditos" en el recuerdo de Alejandro Rodríguez Diez.

2009-09-26

Qué tiempos aquellos!

A la derecha, Daniel Sticco en la redacción de El Cronista de
la década del ochenta y víctima de las bolas de papel. Haga
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Fue mi primera experiencia como periodista, dado que venía, sin dejarla, de una consultora: Tendencias Económicas, en la que ejercía la actividad de consultor de empresas y analista de la coyuntura, con claro énfasis en la economía real y, en menor medida, los mercados financieros. Mi ingreso a El Cronista Comercial en diciembre de 1984 surgió por la búsqueda de Juan Carlos de Pablo de un seguidor de la city financiera y que tuviera capacidad para interpretar las circulares y el balance del Banco Central. ¡Esa era mi tarea!. “Un par de horas, pibe, hacés mercados, esperás las circulares y te vas”, palabras más, palabras menos, me había dicho “el economista más grande de la Argentina”, no sé si apareció alguien más alto y con el peso de él.

Confieso que el shock inicial fue muy grande!, como bien recuerda el Negro Clauso, en esos tiempos más que una redacción era ir al “Club de los 80”. ¡¡Qué picadas!! y ¡¡cabeza a cabeza!! que se armaba cuando los jefes iban a otro piso, no recuerdo si era el tercero, porque de eso no me ocupaba, a la reunión de cierre. Nada que ver con el ambiente formal y la rutina de una consultora económica que era todo lo que llevaba en mis alforjas. Tan era así, que en mi metodicidad -siempre llegaba a las 18.30, aunque lloviera, con parte de la nota de mercados preparada en la consultora-, y previo paso los jueves por la casa de video para alquilar tres o cuatro películas hasta el domingo para mis tres hijos (nunca una porno, o de alto vuelo, todo para los “piojitos” me decía repetidamente Daniel Della Costa), que un día alguien se había quedado haciendo de campana en una de las ventanas que daban a la calle Alsina para dar la señal de mi llegada, calcular el cierre de la puerta del ascensor y, al abrir la puerta de la redacción disparar toda la munición de bolas de papel contra mi humanidad, como lo refleja con nitidez la foto que con celo guarda el Negro y del cual conservo también con gran cariño una copia.

Eran los tiempos en los que ya se trabajaba con unas máquinas que no disponían de autograbación y sólo se podía avisar a los correctores que tomaran la nota cuando estaba lista. El problema era que si caía un pelotazo sobre una de las teclas en el medio de la escritura ¡alpiste!, perdías todo. ¡Qué bronca! Pero era parte de la bohemia con la que se trabaja y por tanto no valía enojarse.

Ese clima distendido, tan contrario a la formalidad de la consultora, me fue atrapando y, como economista de profesión, rápidamente pasé de hacer los mercados financieros y Banco Central, a hacer entrevistas, escribir sobre comercio exterior, el PBI, la inflación, etc., etc. Rápidamente, mis dos horas iniciales se transformaron en la norma del periodista: saber cuándo se entra al laburo pero no cuando se va!

Y así fue como empecé a adquirir algunas habilidades de cronista. Pero seis meses habían sido muy pocos para que aprendiera a “vender” una noticia bomba, la cual advertí como tal “el día siguiente”, al ver una de las tapas que se transformaron en un hito para Ámbito: El plan Austral…
Ese día una fuente altamente confiable para mí del entonces Banco de Crédito Rural me llamó a la consultora y me dijo: “Pasá por la puerta del banco, a las seis, tengo algo muy fuerte, mañana va a ser la tapa del diario, te espero abajo”. Se trataba nada más y nada menos de ese plan con el que Alfonsín y Sourrouille intentaron quebrar la inercia de mega inflación, con la aplicación de una tabla de desagio, el cambio del signo monetario con la eliminación de ceros, etc., etc., etc. Claro, tan descabellada y hermética era la iniciativa que los jefes y De Pablo no se atrevieron a darle crédito, seguramente porque no había logrado el grado de detalle que después se vio tenía la competencia, y sólo atinaron a hacer una mención irónica en tapa y una nota secundaria en alguna de las páginas financieras.
No me digusté, ni bajé los brazos, seguí adelante, y cada vez dedicándole más horas a la redacción, sin abandonar la consultora, hasta que el 14 de octubre de 1987 dije: "¡Basta!" Ese día, el presidente del Banco Central, José Luis Machinea y uno de sus directores, Mario Vicens, no tuvieron mejor ocurrencia que anunciar a las diez de la noche que convocaban a una reunión de prensa a la medianoche con editores de finanzas y economía para explicar los lineamientos del Plan Primavera!, volvía a casa a las tres de la matina y al día siguiente me tenía que levantar a las 7 para llevar a los chicos al cole y seguir para la consultora… Entonces, reflexioné y me di cuenta que no sólo había dejado a mi señora colgada en el día de su cumpleaños por indescifrables circulares del Banco Central, sino también el crecimiento de mis hijos, simplemente por tener “capacidad de ahorro”.
Pero ya el “bicho del periodista” había prendido y fue así que en 1998 el Negro Clauso me llamó para cubrir la vacante que dejaba el otro Negro, Rosales, al frente de Economía del BAE. Desde entonces dejé la consultora y me aboqué a full a esta profesión, aunque siempre dominado por los números de la economía y las finanzas. Ahora estoy en el portal de Infobae y desde hace ocho años acompaño a otro ex Cronista, Claudio Chiaruttini, en 'Sin Saco y Sin Corbata', los domingos de 10 a 13, por Radio América.

Daniel Sticco
Como dice en su recuerdo, Daniel Sticco trabajó en El Cronista Comercial entre diciembre de 1984 hasta octubre de 1987. Actualmente escribe en Infobae y participa en el programa radial Sin Saco y Sin Corbata.


2009-09-21

Los seminarios



A inicios de 2004 ingresé al por entonces Grupo Recoletos con el objetivo de desarrollar una nueva unidad de negocios dirgida a la producción de seminarios corporativos. Por un lado, trataríamos de convertir acciones de marketing de El Cronista y las revistas en eventos con sponsors. Y, por otro, queríamos desarrollar una nueva línea de producto con eventos más chicos con temarios enfocados en problemáticas de áreas funcionales, invitando a académicos, analistas, consultores y funcionarios de empresas de prímera línea.

Fue una época muy linda profesionalmente, donde tuve la suerte de conocer y trabajar junto a un grupo de profesionales de primera como José Del Río, Hernán De Goñi, Bruno Massare y Jorge Sosa, por mencionar solo algunos del lado periodístico de la empresa. La incipiente unidad se llamó Recoletos Conferencias y rápidamente emergió como un negocio rentable que en 12 meses llegó a facturar más que las revistas Apertura e Information Technology.

El trabajo en Recoletos Conferencias era febril – hicimos 32 seminarios en el primer año – y trabajamos largas horas en la preparación de contenidos y la logística de cada evento. Hubo momentos muy destacados, como el Seminario sobre el cierre de la negociación de la Deuda junto al ministro Lavagna, el secretario Nielsen, sus colaboradores y los bancos participantes.

También convertimos en un evento de magnitud al Premio al CIO del Año de Information Technology, que hoy sigue vigente, con reconocimiento de los CIOs y de los sponsors de la industria de IT. Realizamos el Primer Premio a la Responsabilidad Social Empresaria de la mano del World Economic Forum y las empresas argentinas que son miembros de esta prestigiosa institución; así como el premio al Ejecutivo del Año con el asesoramiento del headhunter Heidrick & Strugles.

Y mucho más….. que no hubiera sido posible sin el trabajo en equipo con gente del area comercial del diario y las revistas (Carlos Mallo Leiva, Sebastián Pereyra, Silvia Ramos Mejía), del area de Finanzas (Francisco Leonardo), en Marketing (Sebastián de Elizalde) y por supuesto con muchísimos periodistas y colaboradores que aportaron ideas y críticas para que podamos ir mejorando día a día.

Destaco de ese período (2004-2005) el desarrollo de nuevos productos editoriales y de la consolidación de un equipo de jóvenes y muy profesionales periodistas que armó un diario objetivo con información de calidad y opiniones fundadas en datos.


Les mando a todos un gran saludo y seguimos en contacto.

Carlos María Meira
Carlos Meira fue gerente de Recoletos Conferencias entre mayo de 2004 y noviembre de 2005,
actualmente es director de la Unidad de Negocios Information Worker para Argentina y Uruguay de Microsoft

2009-09-08

Con corrección


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Despedida de Marianela Casanova, en la madrugada del viernes 21 de agosto de 2009, en el restaurant Plaza España, de la Avenida de Mayo.


En mis primeras líneas ya me llegan las voces, que dicen: “Atrapar al lector, ser conciso, no repetir innecesariamente palabras, no dar todo por sabido pero tampoco tratar de tonto al lector, no-cometer-errores-ortográficos”, porque soy correctora; porque de eso (entre otras cosas) se trataba el trabajo que hacía en la Redacción.

Pero aquí vamos, viendo qué recuerdos tengo para agregar a este gran blog.

La única pasión que sentía al salir del secundario era la mitología griega, pero qué hacer con eso… profesora no quería ser ni investigadora tampoco… Lo más relacionado que encontré en mi confusa mente adolescente con ese mundo de letras y la “rentabilidad” fue el periodismo, cuya carrera estudié durante un año en TEA y en la UBA al mismo tiempo (sí, compañeros, sépanlo), pero dejé porque no me gustaba para nada eso de andar pidiendo notas, molestando a la gente para que conteste cosas que no quiere contestar y escribir “bien” sobre algo que te parece “mal” (ok, también dejé porque me “bocharon” en una materia y me querían hacer cursar todas las materias aprobadas de nuevo, claro, con un bonito descuento). Así que me alejé de todo lo que tuviera que ver con periodistas.

Qué hacer. Para dónde ir. Vino una luz del más allá y dije: “No importa, yo quiero ser feliz, trabajaré de cualquier cosa menos de lo que me apasiona pero voy a estudiar lo que me hace feliz”. Pero seguía siendo chica, y no me animaba a Letras, necesita un objetivo más cercano. En El Salvador (Dios, ¿a alguien le importa mi vida estudiantil? es que es la intro para contar cómo llegué al diario! Escuchen! Yo me banqué cada nota de ustedes…!), no, perdón, digo “Universidad del Salvador” (debe ser un fallido por las ganas que tengo de viajar, y esto un desvarío porque cuando escribo me voy para los “fluires de conciencia” y mis letras forman una sopa mental)... había una carrera que tenía muchas materias de Letras y era de dos años (mentira, duraba tres, pero la “vendían” como de dos). Se llamaba Corrector Literario, y la idea me entusiasmó.

La terminé y seguí con Letras, la terminé y seguí con el Profesorado de Lengua y Literatura, lo terminé y un día recibí un llamado, por el cual conseguí mi primer trabajo como correctora. No lo podía creer, parecía ser que existía un mundo en el que los correctores no eran fantasmas, era real. Además, allí me empecé a formar como editora de contenidos. Pero un día me echaron, “reducción de presupuesto”. Listo, el sueño había acabado. Me quedé tirada en el sillón de un monoambiente cuyas paredes me aplastaban, pero pronto volvió la luz, y con ella truenos y relámpagos: el mundo editorial me abría sus puertas de par en par. Trabajaba part-time en una editorial de turismo y el resto en casa, de manera free-lance, principalmente para una Editorial de libros digitales, de donde me fueron mandando muchos y más “clientes”. Hice un posgrado de especialización en Gestión de la Producción editorial, finalmente había encontrado mi verdadera vocación. De vez en cuando iba a entrevistas a las que me convocaban, porque yo me presentaba para ver qué ofrecían, pero nada me convencía en términos profesionales y económicos. Hasta que un día (¿no lo dije varias veces así ya?), sonó el teléfono con la voz de Gustavo Aldana.

Yo no me había presentado, ni conocía mucho el diario. Pero fui. Y ese día fue especial. Entré y le cantaban el feliz cumpleaños a alguien (¿quién sería?, era diciembre de 2007), estaba lleno de monitores planos y televisores, todo parecía muy moderno, muy cómodo. Me contaron un poco de la historia actual del diario, cosa de accionistas y demás. El horario era difícil, pero el desafío me encantaba, me seducía. Una, dos, tres entrevistas… estaba todo listo para entrar… volví de vacaciones y finalmente entré.
Y bueno… sí, la verdad es que no es para cualquiera, sobre todo si sos mujer, no llegás a los 30 años de vida y te sentás al lado de los gráficos que hace 30 años que están allí sentados y apuestan a ver cuánto durás. Pero varios perdieron la apuesta, los mismos que terminaron preocupándose por mí siempre (y bromeando cada unas de mis noches allí, ¡por supuesto!).

Placer, adrenalina, acción, risas, carcajadas, alboroto, discursos en TV con “dilate”, discusiones, voces que apuran, olor a cigarrillo, café, preguntas, dudas, decisiones rápidas, páginas, manos manchadas de tinta, el grito al pedido de silencio de la traductoras, el partido de fútbol otra vez, la nota levantada, el tema de la página X repetido en la Z y menos mal que nos dimos cuenta, quejas por una prueba muy “manchada”, pedidos de auxilio y “vamos chicos, vamos”, con la voz de un hermoso Rubén desesperado por mandar la tapa a imprenta. Los últimos textos de la tapa (la única parte del diario junto con la contratapa que yo corregía completa) y los cada vez más rápidos latidos del corazón: “Esto lo leen mañana miles de personas, en todo el país, y en otros también”, me repito, y la jugada de correctora (léase “la culpa mañana sino”) “la tenés vos”. Y mi labor la juzgarán mis jefes y compañeros, pero creo que no lo hice mal.

Es mentira que todos los periodistas son arrogantes, yo conocí muchos humildes en El Cronista, sobre todo los más importantes. Es mentira que odian a los correctores, yo sé que me valoraron siempre y muchos me quieren. Es mentira que no quieren que les cambien una coma, yo les corregí muchas y me lo agradecieron. Es mentira que un diario puede ser publicado sin tener un corrector (humano); mis ex compañeros de El Cronista lo saben, lo dicen.

Es verdad que los periodistas trabajan desde que se levantan hasta que se acuestan. Es verdad que tienen un don, que es palabra. Es verdad que no tienen miedo.
También es verdad que voy a extrañar esa Redacción, que me hizo reflexionar sobre que uno debe hacer lo que realmente ama, más allá del esfuerzo, más allá de todo, porque es lo que nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos y conseguir logros inesperados, como lo fue para mí haber sido correctora de uno de los diarios más importantes del país y compañera de verdaderos profesionales de la edición, como vos.

Marianela Casanova
Marianela Casanova fue correctora de El Cronista Comercial entre enero de 2008 y agosto de 2009

2009-08-23

Los 'nuevos' y los 'viejos'




Estimados amigos y colegas, es una alegría saber que los ex Cronistas tenemos un medio para no perdernos. Lamentablemente el año pasado no pude ir a la fiesta, pero por suerte ahora sé de esta página donde veo tantos y tan buenos amigos y lamento algunas pérdidas, como la de Alberto Farina, que era uno de los redactores estrellas de la Sección Espectáculos de la que yo era Secretario de Redacción.

También vi un mensaje sobre el gran Villita, mi primer coequiper cuando ingresé a El Cronista, en 1987. Comencé como jefe de Cierre y Villa era ahí el puntal fundamental. Como algunos recordarán, en esos años se generaron dos bandos, los viejos (donde se encolumnaban el negro Clauso, Scibona, Nucíforo, Villa, Alemián, Sikirko, Della Costa, Calello, Cacho Falomir, el sordo, Quique, etc) y los nuevos (que éramos nosotros: Norberto Beladrich, Wanmerdam, Carmen Piaggio, luego Montefusco -que ahora es parte del inventario de EC-, el amigo Hugo Moujan, las queridas Silvia Hopenhayn y Elena Moreira, y otros).

Todo esto pasaba en el viejo edificio de Alsina. Un año más tarde hubo otros nuevos, luego otros... con lo cual los nuevos empezaron a ser más o menos viejos... en fin.... Una experiencia fantástica, con profesionales de primera. Creo que cuando superamos la dicotomía empezamos a ser un equipo profesional que hizo su trabajo y muy bien.

Desde aquí un recuerdo especial para Alberto Farina; tengo en mi memoria sus anécdotas risibles sobre el cine, su enciclopédica información, su sentido del humor... No fuimos amigos, fuimos grandes y leales compañeros de redacción.

Otro día recordaré algunas anécdotas de las tantas que allí se generaron. Un abrazo a todos.

Nerio Tello
Nerio Tello trabajó en El Cronista entre 1987 y 1993

2009-07-30

El 'Diez' en la redacción




Tengo tantos recuerdos de El Cronista, algunos son incontables, pero me gustaría compartir cuando Maradona _en aquellas épocas de Eurnekian, Sección Espectáculos, Honduras, Café de los Gallegos_ pasó por la redacción una mañana.

Yo estaba sentadita en mi computadora, escuchando música con los walkman (para los que no lo recuerdan: aquel aparato pesado que fue reemplazado por los mini Mp3 Mp4). En fin, tenía los auriculares y el aparato apoyado detrás del teclado. Cuando ví que venía el Diez, sonreí y lo saludé con la mirada. Al verme, se acercó para darme un beso con una sonrisa de oreja a oreja.


Por supuesto, me levanté para recibir semejante beso y el cable del walkman quedó enganchado en el teclado, y todo se fue al piso, teclado, aparato, los auriculares torcidos en mi cara enganchados de una oreja... Y bue, el 10 estaba muerto de la risa, el beso quedó grabado en mi cara, y el papelón hizo eco en toda la redacción, los pocos que estábamos a esa hora.


Faltaba Alberto Farina, con su "Seguridaaaaad, Seguridaaaad..." porque todavía no había llegado. Parte de mi corazón está en aquella redacción. El Cronista es único, y El Cronista son ustedes, los jugadores.


María Gabriela Barro Gil fue correctora de El Cronista Comercial desde 1988 hasta 2005, ahora es propietaria del bar Café De la Cárcova. Es parte de toda una familia que trabajó en el diario: el primero, Héctor, al que le siguió su mujer, Beba, y la hermana de Gabriela, María Cecilia (Sisí) Barro Gil.

2009-07-21

Homenaje a Alberto Farina


Foto de El Cronista Comercial tomada por Alberto García en 1997

El 20 de julio de 2009 falleció a los 53 años Alberto Farina, recordado y querido ex periodista de El Cronista Comercial. Calificado por Hugo Grimaldi como "un bohemio con todas las letras", trabajó en la sección Espectáculos durante el periodo en que el diario fue generalista, durante la gestión de Eduardo Eurnekian. Farina fue periodista, escritor y crítico, historiador y creador cinematográfico. En los últimos tiempos había colaborado en la revista Ñ y trabajaba en programas de radio El Mundo y FM Identidad. Publicamos a continuación el recuerdo cariñoso de tres amigos y compañeros de él en El Cronista, José Totah, Alejandra Rodríguez Ballester y Lorena Grojsman.

El hombre que nunca me tuteó



Me acuerdo que el año pasado, cuando todos los ex cronistas se juntaron a celebrar los 100 años del diario, le pregunté a Alberto Farina si iba a ir a la fiesta. Me miró con esa cara que ponía para expresar que algo le parecía bizarro o un poquito decadente y ambos coincidimos en que todo el asunto del reencuentro nos resultaba demasiado melancólico. Decidimos no ir y nos sentimos orgullosos como dos adolescentes rebeldes que se niegan a ir a la casa de sus padres.



Cuando pienso en Farina me acuerdo lo mucho que le fascinaba lo bizarro, las películas clase Z con monstruos inverosímiles y la sangre morada de cotillón. Al igual que en esos films de presupuesto cero, Alberto tenía predilección por los personajes bizarros, las criaturas de la noche, el límite finísimo entre lo marginal y lo peligroso.



Hoy pienso que le encantaba adoptar gente y me gusta creer que me adoptó a mí también, que yo también era uno de sus personajes.

A Alberto yo nunca lo llamaba Alberto. Le decía Farina y jamás lo tuteé. Podíamos insultarnos cuando jugábamos al fútbol o abrazarnos después de hacer una jugada de gol, pero nunca nos tuteamos. “Usted es un pelotudo, Farina”, le podía gritar, pero siempre lo trataba de “usted”.

Quizá suene un poco absurdo, pero una de las grandes “obras” de Farina fue haber sido el arquitecto del fútbol de los sábados. Nos juntábamos –y nos seguimos juntando desde hace más de 10 años- siempre a las 4 de la tarde en las canchitas de fútbol cinco de Atlanta. En esa hora de fútbol, Farina se quedaba siempre parado, de “pescador”, esperando para clavarla en el arco.

Hay que decir la verdad: era un poco irritante su forma de jugar, pero cuando Alberto hacía un gol lo gritaba con tanta pasión que uno le perdonaba todo.
Farina era la esencia del fútbol del fin de semana. Va a ser difícil jugar este sábado, sabiendo que ya no va a venir más a Atlanta. Hace unos meses, cuando todavía luchaba contra la enfermedad, nos dijo “háganme un partido homenaje”. Porque, pese a todo, Alberto nunca perdió el humor.

Ayer recibí un mensaje de texto a las 11.25 de la mañana. Decía “se nos fue Farina”. Me vinieron a la cabeza mil recuerdos, como la vez que casi nos agarramos a trompadas porque él me dijo, en uno de sus días de malhumor, que yo “no me jugaba por nada”. Creo que a partir de ese día empecé a jugarme un poco más por las cosas que quiero. Fue una de sus enseñanzas.

Ayer lo volví a ver corriendo -o caminando- por el lateral de la canchita. Y me ví abrazándolo una vez más, después de un gol que hicimos juntos y que todavía recuerdo con claridad. Fue muy importante conocerte. Me dejás muchas cosas. Gracias.

Te voy a extrañar, Alberto.

Jose
José Totah trabajó en El Cronista Comercial entre 1994 y 2005 en las secciones de Informacion General, Sociedad, Management y Negocios

2009-07-20

El caballero de la sonrisa



Pienso en Farina y lo escucho hablándome de usted, con una sonrisa. El “usted” era un código ya establecido entre él y sus colegas, probablemente el resto de una parodia de un programa de televisión -¿el Álvarez de Olmedo y Javier Portal?-, pero no dejaba de darle un aire caballeresco, de antihéroe irónico, de dandy descreído de sí mismo en las noches de Villa Crespo.


Farina era de esos periodistas de los que quedan pocos: culto, con una memoria prodigiosa y una capacidad envidiable para plantear temas cinematográficos con gancho periodístico. Era capaz de pensar y resolver recorridos por la historia del cine en una tarde. Amaba los géneros más populares, lo apasionaban desde las películas de Leonardo Favio al cine fantástico y sus variantes bizarras. Y también le interesaba la literatura y su relación con el cine, desde Borges (su interés por el cine, el interés del cine por él) hasta el largo reguero de sangre desde el Drácula de Bram Stoker hasta el primer Nosferatu para llegar al taquillero Crepúsculo.

“¿Qué quiere que le diga, Alejandra? Lo mío es la cultura”, me dijo el día que decidió aceptar la indemnización de los Recoletos antes que rendirse al yugo del management o los negocios.

Algunos años después nos encontramos a tomar un café en Palermo y a contarnos las vidas. Pero ahora, en el momento de recibir la noticia, hacía tiempo que no nos cruzábamos. Leía sus notas en Ñ y eso me hacía pensar que cualquier día nos íbamos a encontrar en la revista o en otra parte. Es raro y duro comprobar que eso ya no será posible. Podríamos haber ido a tomar la leche en lo del gallego de Honduras, como en los tiempos que estábamos en Espectáculos con Fernández Bitar a la cabeza. Lástima, amigo. Pero eso sí, lo recuerdo siempre con una sonrisa.


Qué lástima, podríamos habernos reído un poco más.

Alejandra Rodríguez Ballester trabajó en El Cronista Comercial desde 1987 hasta 2004

Amistad a primera vista

Alberto Farina y su mujer, Nora, junto a Nicolás Castro (a la derecha) y Lorena Grojsman, en un cumpleaños de Lorena en 2004. Haga click en la foto para ampliar


Suena trillado, pero haber conocido y tenido el placer de compartir excelentes momentos junto a Alberto fue comparable a disfrutar la mejor película de mi director de cine preferido, Woody Allen

Alberto era desopilante, desde el inicio hasta los “títulos”. Lo conocí ni bien entré a trabajar en El Cronista, hace exactamente 15 años y lo nuestro fue “amistad a primera vista”. Me bautizó "Golden", por mi blonda cabellera y según él, mi alegre forma de ser, toda dorada, y a partir de ese momento, cada mañana que llegaba al diario, encendía mi computadora y me tomaba un café en el famoso fumadero del edificio de Honduras junto a aquel simpático bigotudo que hacía de mis mañanas una fiesta.



Le pedía recomendaciones de películas, libros y algún que otro programa de TV que eran retribuidos con mis apuntes de Semiótica o de crítica de la telenovela de la facultad allá por mediados de los 90. Era corriente su aliento cada vez que sacaba una nota en el diario: “Muy bien Golden”, me decía y me abrazaba o lanzaba alguna sonrisa socarrona.

Alberto no tenía hijos porque creo que él nunca dejó de ser niño. Si lo invitabas a una fiesta seguro se transformaba en el centro de atención, charlando de cine, de viajes, de política, de Atlanta, de Borges...Una persona, o personaje, que jamás pasaba desapercibido y a quien era imposible dejar de querer.

Me enseñó a amar profundamente a su querida Villa Crespo, que es, gracias a él, el barrio donde vivo y de donde no me puedo mudar, desde hace 8 años.

Gracias a él también viajé a Siena, en Italia, que según sus palabras era la ciudad más linda del mundo.

Alberto también me acompañó cuando me fui de El Cronista. A la par de los cacerolazos, hemos compartido alguna que otra cena junto a Ale Groba, los tres, en alguno de los queridos restaurantes del barrio.

Después de nuestra ida del diario, él se fue prácticamente un año antes que yo, nos visitábamos frecuentemente. Ni él ni yo faltábamos a cada uno de nuestros cumpleaños. Nos juntábamos en su casa, junto a Norita, Noreley, su última pareja quien lo acompañó hasta el último momento.

Por eso, fue terrible verlo sufrir estos últimos meses porque Alberto era pura alegría, sagacidad, amistad. Y amaba la vida. Es por eso que para mí resulta muy simbólico despedirlo este 20 de Julio, día del amigo

Chau Alberto querido! Chau amigo! Te voy a extrañar

Golden


Lorena Grojsman trabajó en El Cronista Comercial entre 1994 y 2001, en los suplementos Negocios de Bolsillo, Informática Pyme y Consumo y la sección Finanzas.

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2009-07-17

La tarea y el recreo

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Arriba: Raúl Clauso con Néstor Scibona (izq) y el entonces ministro de Economía, Juan Sourrouille (centro), en una entrevista. Abajo: uno de los tantos momentos de distensión en la vieja redacción de Alsina. Sobre el escritorio, Clauso arrojando bolas de papel a Daniel Sticco (hoy en Infobae). Más bolas de papel vuelan arrojadas por otros integrantes de la redacción. Era una de las clásicas "papeluchas" de las épocas de máquinade escribir.

El club de los '80



Ha pasado el tiempo y es acaso momento de confesarlo. En los `80, El Cronista no era un diario…era un club. Tal era el clima de trabajo de entonces y así lo vivíamos. Aparecer cada día por la redacción de Alsina era todo un placer. Porque por entonces todavía subsistía una suerte de bohemia que empezaba a perderse en la profesión y que hacía que los periodistas hasta cierto punto se sintieran tipos especiales. Pero no hay que equivocarse: por aquellos años El Cronista se convirtió en uno de los medios más prestigiosos de la mano de Daniel Della Costa y Néstor Scibona, dos tipos magníficos sin afanes de jefes estrictos, que mostraron que con mano “blanda”, cuando se entiende el mensaje, se podía también hacer un buen diario.
Yo venía de varios años de Ambito Financiero –donde había iniciado mi carrera- bajo la batuta del “Pelado” Ramos. Los que hayan transitado ese camino me van a entender.

Las profesión me llevó luego por distintos medios, pero nunca volví a encontrar ni a formar parte, de un grupo tan sólido de amigos como los que forjé en El Cronista.

Es momento de repasar algunos nombres, aunque la memoria me lleve a olvidar injustamente a la mayoría. Además de Daniel y Néstor, convivimos en el club, en distintas etapas, mi gran amigo Marcelo Valsecchi, Andrés Sikirko, Osvaldo “el chino” Calello, Abelito Rodríguez, Juan Carlos de Pablo, Oscar “Cacho” Falomir (luego compañeros en Clarín), los Nucíforo padre e hijo y Charlie Russo –de diagramación-, Hugo Grimaldi, Daniel Sticco, con quien compartí años más tarde en la redacción de BAE, Angel Jozami, el ruso Mavechú y el inefable Villita, el secretario de cierre, con el que después de terminado el diario solíamos correr los escritorios y dejar en el medio de la redacción espacio para jugar “un cabeza”, tarea para la cual habíamos reservado un balón. Hubo muchos más, como el especialista en internacionales Jorge Castro, hoy hombre de consulta inevitable.

Para el record, ingresé a El Cronista tras ser despedido en mi segundo paso por Ámbito Financiero. Entré como simple redactor especializado en Finanzas y misteriosamente fui ascendido a jefe de sección en tan sólo una semana. Mucho más enigmático fue mi vertiginoso ascenso en solamente un mes a prosecretario de Redacción. Me había ganado definitivamente –creo- a Della y a Scibona que conducían el diario. A veces pensé que tenían demasiadas tareas sobre sí mismos y mi llegada –con alguna experiencia- les alivió el trabajo.

El primer viernes que trabajaba en la redacción observé que a eso de las siete de la tarde se iban los jefes. El diario quedaba a medio hacer y la edición del lunes se terminaba el domingo. Della pasó a mi lado y me dijo: quedás a cargo. Ese fue mi comienzo: arreglate como puedas. Y lo hice durante varios años.

Ese diario fue una gran escuela –como he visto que para muchos otros compañeros-, porque tuvo el beneficio además de que en los seis pisos de Alsina se reunía prácticamente la totalidad del proceso de “fabricación” de las ediciones.

Tuve la suerte de compartir mi trabajo con grandes periodistas, que hicieron que la profesión valiera la pena. Espero que también haya hecho yo mi aporte.
Eso en el plano profesional, porque en el personal hasta le debo a El Cronista haber conocido hace más de veinte años a mi esposa, Estela Coda, que en el quinto piso de Alsina se ocupaba de las Relaciones Públicas del grupo Eurnekian, junto a Jorge Martínez. Un recuerdo entonces también para Roxana Ford, la blonda recepcionista del diario que me la presentó.


Una muestra, una anécdota


Cuando el grupo Eurnekian arribó al diario, envió a un emisario a expresar su disgusto por las fotos de mujeres desnudas –como si fuera una gomería- que algunos colocaban en una cartelera al efecto (se vislumbra junto a la puerta en una de las fotos que envío). La orden fue terminante: "No queremos esas fotos en las paredes". El diagramador, Nuciforito, cumplió la orden al pie de la letra. Al día siguiente las fotos habían desaparecido. Las paredes estaban limpias, pero el techo repleto de nuevas y más llamativa fotos.

Raúl Clauso
Raúl Clauso trabajó en El Cronista Comercial entre 1983 y 1990, pero en dos etapas, porque, cuenta, en el medio se fue contratado como redactor especial en otro medio, del que "volvió con la cabeza gacha", "por el shock que le generó la diferencia en el régimen de trabajo". "Volví con la cabeza gacha y fui objeto de todo tipo de cargadas durante un tiempo -cuenta- porque los compañeros me habían hecho un cena de despedida".
Fue redactor, prosecretario y secretario de Redacción. Actualmente está radicado en Bariloche.


2009-06-25

Homenaje a Andrés Cascioli

2003
2004







Los anuarios de El Cronista Comercial de 2003, 2004, 2005 y 2006, ilustrados por Andrés Cascioli. A continuación, publicamos el recuerdo de Hernán De Goñi
Haga click en las imágenes para ampliar
2006

Chau Cascioli






La noticia llegó a la redacción vía Facebook, todo un signo de estos tiempos. Pero igual dudamos. Crucé una mirada con Gerardo Patiño, jefe de Arte del diario, y ambos compartimos la misma incredulidad. “¡Pero si Andrés Cascioli es inmortal!”, dijimos en voz alta, sin asumir siquiera la posibilidad de que estábamos frente a una noticia, no un rumor. Escépticos por naturaleza, nos rendimos cuando el título apareció en los portales de noticias de Internet.

Falleció en la madrugada. Un cáncer lo atrapó más rápido de lo que sus seres queridos y amigos lo esperaban. Pero lo sobrevive una obra que será difícil de olvidar. Andrés fue un artista que se animó a ser periodista y empresario. Aunque el universo que eligió recorrer con una destreza innata desde el primer minuto en el que alumbró su vocación fue el dibujo.

Si hay una razón por la que este recuerdo es algo más que un sentido adiós a un maestro del humor gráfico, es porque Andrés permitió que las páginas de El Cronista se distinguieran con su trazo inigualable. A fines de 2002, nuestro diario decidió retomar una senda en la que habían transitado ilustradores reconocidos como Kalondi y Raúl Perrone. Su nombre surgió como quien piensa en buscar un director de cine y arriesga un “¿Y si llamamos a Spielberg?”.

Convenimos una cita en la redacción. Aceptó entusiasmado la oportunidad de poder retratar para un diario el particular momento político que se alumbraba en la Argentina de esas horas, con Eduardo Duhalde como partero de la transición. Carlos Menem, Ricardo López Murphy y un creciente Néstor Kirchner encontraron un nuevo espejo, donde su reflejo era siempre el resultado de una caricatura inteligente y mordaz.

En esos primeros tiempos, ninguno de los muchísimos dibujantes a los que ayudó a crecer desde sus revistas (fundó junto a Oskar Blotta la legendaria Satiricón y le dio vida a una publicación que fueron una bisagra en su género como Humor, Fierro y El Periodista de Buenos Aires) dudaba de que Demo, la firma al pie con la que publicó en El Cronista, era la de Cascioli. A partir de 2006, sus trabajos engalanaban el clásico anuario “La Visión de los Líderes” (en esta página, el último que realizó, publicado en la edición de noviembre pasado). Todos los años me proponía escribir un texto que estuviera a la altura de su dibujo (la nota que describía nuestro ranking de los argentinos más influyentes) pero siempre sentí que me quedaba corto.

Su “arma” predilecta era una simple birome negra, con la que se regodeaba en los detalles más mínimos. Durante los años en los que colaboró con El Cronista, me reservé el placer de ser su interlocutor. Darle pie a su chispa incandescente, casi siempre intercalada por su risa generosa, era una experiencia a la que había que ponerle fin para que la pieza con los personajes del día siguiente no terminara en una galería completa de protagonistas en posiciones de alto voltaje político (o del otro). Era inevitable que en esos minutos no surgiera el recuerdo de algunas de sus obras más recordadas, de esas que yo admiraba como lector mucho antes que como periodista.

Por suerte Andrés era un hijo de la gráfica, lo que me permitirá revisar los ejemplares cada vez más amarillentos que conservo en mi biblioteca para sentir que no se fue. Que está encerrado entre sus páginas. Y que la serie de personajes que empezó a garabatear anoche va a ser inmortal. Como Cascioli.
Hernán De Goñi es subdirector de El Cronista Comercial. Escribió este artículo para la contratapa del diario correspondiente al 26 de junio de 2009 y nos autorizó a publicarla en este blog, cuyo nombre "Cronistax100", fue ideado por él.

2009-06-11

¡Sale con fritas!



Soy Alberto Siglióccoli, ex redactor y editor de la sección Economía entre los años 1989 y 1993. Y tarde, pero seguro, quería compartir con ustedes mis recuerdos en homenaje a todos los compañeros cronistas que pasaron por El Cronista en sus 100 primeros años de vida.

Les cuento que, aunque debuté como periodista en Clarín y mi primer maestro fue Daniel Muchnik, El Cronista fue mi verdadera ESCUELA de periodismo (así, con mayúsculas) y mis grandes maestros, el recordado Oscar "Cacho" Falomir y Daniel Della Costa.

Llegué a la vieja redacción de Alsina allá por 1989 de la mano del entonces cronista agropecuario Abel Rodríguez. Y pasé la entrevista de admisión con Jorge Castro y el Maestro Della Costa literalmente "de parado", porque mi título de Economista parece que bastó para calificarme como periodista económico ante sus ojos y mis antecedentes en el Suplemento Económico del "gran diario argentino" sirvieron para que comenzara modestamente como colaborador free lance.

Recuerdo a mis primeros compañeros de aquella época, especialmente a mi "compañerito de banco", como lo llamaba, Tristán Rodríguez Loredo y a mi tocayo Alberto "Beto" Valdez. Luego vino la mudanza a Honduras, en la que algunos hasta participamos vaciando muebles y llevando cajas. El diario comenzó a salir los domingos, y entonces me contrataron para las bohemias "guardias de los sábados" con la misión de cerrar la edición junto con Santiago Magrone. Al poco tiempo me cruza Della Costa en un pasillo y me dice socarronamente: "Pibe, vos entre las colaboraciones y las guardias ya estás cobrando más que un redactor, así que tenés dos opciones: venís a trabajar todos los días por menos plata o te despedimos". Y entonces"elegí" formar parte de esa recordada redacción, donde por suerte pude aprender periodismo desde lo elemental hasta lo más complejo durante varios años.

Así fue como me hice desde abajo "picando cables", diagramando notas con Charly Russo o el "Chino" Charra, haciendo cola para usar las pocas PC que había entonces en la modernosa redacción del armenio Eduardo Eurnekián, en medio de su fábrica textil. En Honduras, mi nuevo "compañerito de banco" fue Roberto Barandalla. Yo trabajaba en un box rodeado por Elenita Campos, la recordada "negra" Beatriz Soler, Daniel Soria y, como nota de color, también estaban con nosotros Antonio Birabent haciendo sus primeras armas en periodismo, el cineasta Raúl Perrone en sus comienzos y el hoy famoso Nik con sus entonces precarios dibujos. Recuerdo también, entre otros, a Orlando Barone, José Luis "Pepe" Brea, Osvaldo Calello, Marcelo Cantón, "el gordo" Claudio Chiaruttini, Hernán De Goñi, Juan Carlos De Pablo, Claudio Destéfano, Domingo Di Nucci, Hugo Grimaldi, Juan Bautista "JuanBa" Ibarra, Nancy Pazos, Fernando González, "el negro" Ricardo Rosales, Néstor Scibona y Enrique Szewach.

Allí viví "en vivo y en directo" la Guerra del Golfo y tantos cierres trasnochados, las inundaciones de la avenida Juan B. Justo y otras vicisitudes, pero fue mi mejor época en el periodismo, la más plena sin duda. Hasta me di el lujo de ayudar en su formación como periodistas económicos a los hoy reconocidos Pablo Wende y Alejandra Gallo, y candidatearme como delegado en unas elecciones que perdí por pocos votos contra el imbatible "Chino".

Recuerdo el cuartito para fumar o "fumadero" vidriado y cerrado, lleno de humo, que por orden del armenio era el único lugar donde estaba tolerado "matar el vicio". Claro que no hacía falta siquiera prender un pucho por el humo irrespirable que había, que a veces hasta dificultaba ver quien estaba adentro. Por eso y mucho más, sin duda las mejores anécdotas las generó el propio armenio. Recuerdo el primer día que visitó la redacción recién montada en Honduras cuando empezó a los gritos: "Pero acá no trabaja nadie??!! Todo el mundo lee el diario, habla por teléfono y toma café?????!!!!!!!" Hasta que algún ladero le susurró al oído que los periodistas, cuando trabajan, habitualmente hacen eso...

La otra historia imperdible data de cuando hizo colocar claves en los teléfonos con los 6 digitos de la fecha de nacimiento de cada uno para acceder a las líneas y así controlar y cobrarle a quienes se excedieran con los llamados... El resultado fue que durante meses se dejaron de festejar los cumpleaños en la redacción, porque todo el mundo calculando la edad de la víctima elegida, usaba la clave del otro... hasta la del propio Eurnekian!!!Pero la anécdota más risueña fue cómo todos ganamos un estado atlético envidiable saltando los molinetes que había hecho poner en la entrada para controlar la permanencia de los periodistas en la redacción... Es que, literalmente, no había otra salida: o saltábamos los molinetes o no salíamos a hacer notas y buscar información en la calle!! Es más, por unos días el diario salió con menos páginas porque era casi imposible llenarlas sin hablar por teléfono ni salir del diario.

Cuando estaba en El Cronista, pocos meses antes de irme buscando nuevos rumbos, nació mi hija que hoy tiene 18 años y recuerdo todavía la caja de ropa para bebé de Circus, "gentileza" de la marca de Eurnekian, que me regalaron. Después de El Cronista tuve muchos otros trabajos de periodista, antes de especializarme como "piloto de tormentas" en la prensa del Estado en situaciones de crisis, pero ninguna otra experiencia se le compara. El grito "sale con fritas!" o el aullido "Pesaaaaah!!!" de "Cacho" Falomir (por el apellido del gordo técnico informático que no daba abasto con el soporte de las PC), o el latiguillo "se van los camiones!!!" de Miguel Montefusco siguen resonando aún hoy con emoción en mis oídos. Gracias!

Alberto Siglióccoli